Por: Guido Sánchez Santur
Por: Guido Sánchez Santur
Es uno de los pocos bosques secos que quedan en La Libertad y que está asociado la historia, ya que en su interior hubo varios asentamientos humanos, cuyas evidencias se aprecian en las construcciones que aún se mantienen en pie; sin embargo, a pesar de la importancia del algarrobal El Cañoncillo está a punto de desaparecer a causa de la tala indiscriminada, sin casi nadie se interese en impedirlo.
Un reciente diagnóstico determinó que diariamente se extraen un promedio de 1.3 metros cúbicos de madera, lo cual implica que de 1000 hectáreas de bosque existentes hasta 1986, sólo queden 660.
Este dato resulta increíble si tenemos en cuenta que se trata del área de Conservación Privada Bosque Natural El Cañoncillo, cuyas poblaciones colindantes desde épocas ancestrales dependen de la influencia directa del algarrobal, como una fuente de protección, energía, forraje y alimento por la disponibilidad de los productos forestales maderables y no maderables y de los servicios ambientales que les brinda.
En este ecosistema predominan los algarrobos (Prosopis pallida), en una densidad estimada de 70 a 95 árboles por hectárea, en una extensión de 660 hectáreas, seguido del Faique ó Espino (Acacia macracantha). Otras especies vegetales que encontramos son: Cuncuno, Chilco, Pájaro bobo, Fosforito, Amarra de judío, Flor de arena, Gigantón, Rabo de zorro, Sapote, Yunto, Bichayo, Bejuco, Lapa, Hinea y Pial.
En las lagunas El Cañoncillo, Gallinazo y Larga florece una vegetación acuática muy llamativa, entre la que predomina la Lapa y otras ornamentales; aún cuando existen 8 especies aún no determinadas. El agua proviene de las filtraciones que bajan por gravedad desde la cuenca alta del río Jequetepeque y de la quebrada del Horcón. A ellas se agregan los regadíos de la represa Gallito Ciego.
Respecto a la fauna se conoce la presencia de 8 familias de reptiles con 15 especies determinadas y otras por identificar, entre las que se impone el mítico Cañán, junto al zancaranca, coralillo o coral, lagartija, iguana, corredora y boa de costa.
Además, 8 familias de aves con más de 44 especies, aunque no existe un estudio exhaustivo. Las más conocidas son: pato, picaflor del huabo, picaflor de Fanny, garzas blanca grande, chica y azul, huaquillo, huaco, tortolita, cotorrita pico amarillo, paloma vudú, tortola cordillerana, cucula, paloma cuculí, paloma madrugadora, rabiblanca, martín pescador grande, matraca, martín pescador chico, cachuelero, chiclón, guardacaballos, huerequeque, águila, gallinazo cabeza negra y cabeza roja, cernícalo, águila pescadora, gallareta, pico de oro lomero, pico grueso, pico sucio, pepitero, pechirrayadi, arrocero, chirique de Raimondi, gorrión peruano, chilala, hornero, pijui, pampero, golondrina, tordo, tordo parásito, jergón, pirinche, putilla, abejero, zambullidor, tuco, pachatuco, lechuza, búho, carpintero, chisco.
Asimismo, tres familias de mamíferos con 3 especies propias de los bosques secos (zorro, añas, gato montés, hurón, ratón y vizcacha costera).
El paisaje es único con sus lagunas que simulan un oasis, desierto, dunas de arena variable en el tiempo debido a la acción eólica. Las formaciones rocosas y cerros: Santonte, Prieto, Espinal, La Faja y Cañoncillo encierran al bosque y le imprimen un atractivo especial.
Las poblaciones que rodean al bosque son Tecapa, Santonte, Santa María, Pueblo Nuevo y Portada de la Sierra que suman un total de y 4 mil 200 habitantes, entre los que se formó la Asociación de Guardabosques Voluntarios del Bosque y Complejo Arqueológico El Cañoncillo, responsables del cuidado de las especies de flora y fauna silvestres existentes, especialmente el algarrobo.
Este bosque forma parte de lo que desde el siglo XIX fue la Hacienda Tecapa, pero ahora es propiedad de los agricultores agrupados en una cooperativa. Dentro del área se recolecta algarroba y se extrae leña con fines energéticos para comercialización en panaderías, pollerías o chicherías o con fines de autoconsumo. Así como actividades de pastoreo de algarroba y apicultura convencional y orgánica.
La agricultura se ha convertido en una actividad de subsistencia cuyas ganancias son insuficientes y en algunas campañas se convierten en pérdidas, por eso, la alternativa de desarrollo para estas poblaciones está relacionada con la actividad ecoturística en el bosque y el uso adecuado de los recursos no maderables que este provee.
El flujo turístico generará una serie de posibilidades económicas como albergue en las poblaciones aledañas, servicios de guiado turístico, venta de souvenirs y alimentos, etc.
AMENAZAS PERENNES
El bosque va camino a desaparecer a causa de la persistente tala indiscriminada, la caza furtiva de especies de fauna silvestre, el ingreso desordenado de turistas, deterioro de las comunidades de flora a causa de la ganadería extensiva, extensión de la frontera agrícola en áreas de bosque, presencia de pastoreo de ganado caprino, contaminación orgánica de lagunas a causa del ganado y por residuos sólidos, deterioro del patrimonio histórico cultural por huaqueros y debilitamiento de las organizaciones sociales involucradas directamente con el área protegida.
Todo esto debido a algunas debilidades dentro de la administración y manejo del bosque y en la disponibilidad de recursos económicos para sostener una administración y protección.
Esto responde al inadecuado manejo del ganado vacuno dentro del bosque, poco control de las actividades de pastoreo y uso turístico y recreativo, restos arqueológicos que no han sido puestos en valor, insuficiente cultura conservacionista en las poblaciones aledañas, escasez de alternativas económicas rentables en la población, limitada participación de la Policía en apoyo a la protección del área y ausencia de adecuados sistemas de seguridad ciudadana.
A ello se suma la captura de cañanes que se utilizan en la elaboración de una serie de platos típicos. Se trata de una especie que se encuentra en peligro de extinción.
La pesca se practica con algunas especies silvestres o introducidas en las 4.82 hectáreas de lagunas asociadas a la diversidad de flora, como la hinea que en cantidades controladas contribuye a la calidad del agua, ya que actúa como un purificador. Este vegetal también se extrae a fin de usarlo en la elaboración de petates o para formar los atados de plántulas de arroz durante el trasplante.
RESTOS ARQUEOLOGICOS
En el bosque Cañoncillo existen sitios arqueológicos e históricos prehispánicos de la cultura Cupisnique, Gallinazo, Mochica, Chimú e Inca y que constituyen testigos de la equilibrada relación hombre–naturaleza.
Las primeras investigaciones arqueológicas en El Cañoncillo estuvieron a cargo de los arqueólogos Heinrich Ubbelohde-Doering y los esposos Wolfgang y Giesela Hecker, entre 1960 y 1965, quienes determinaron que estas civilizaciones habitaron el bosque entre los años 8,500 antes de Cristo hasta el 80 después de Cristo.
En 1983 los arqueólogos Rogger Ravines y Alejandro Matos ingresaron al bosque para hacer un inventario de restos arqueológicos; y en 1986 llegó el investigador Fruhe K., quien interpretó la cerámica temprana del valle Jequetepeque en el norte del Perú.
ALTERNATIVAS DE SOLUCIÓN
Este mosaico de adversidades que afronta el bosque tiene varias alternativas de solución. En la medida que la deficiente situación económica de las familias residentes en el contorno del área protegida es una realidad innegable, es posible promover la apicultura con la finalidad de aprovechar racional y adecuadamente la producción de néctar y polen de la flora silvestre, que son utilizados por las abejas para transformarlos en miel, cera, polen y propóleos. Estos productos naturales son de gran valor nutritivo y terapéutico para el consumo humano directo y en la industria cosmética y farmacéutica.
También tiene importancia en la conservación del ambiente, ya que las abejas son los mejores agentes polinizadores de la flora garantizando la fecundación y mejorando la producción de frutos y semillas. Sin la intervención de las abejas, se produciría una degradación de la cubierta vegetal, con lo cual se aceleraría la desertificación de esta zona.
Como ya se dijo líneas arriba, el turismo es otra de las aristas que ya se practica en este bosque, pero de manera desordenada. Una de las modalidades de esta actividad sería el turismo aventura que implica un alto grado de contacto con la naturaleza y cierto grado de riesgo, ya sea navegando, volando o recorriendo, aunque las medidas de seguridad lo reducen a su mínima expresión. Las posibilidades son: caminatas, escalada en roca, sandboard o deslizamiento sobre arena.
El ecoturismo es una alternativa adicional y consiste en que los visitantes establezcan un contacto con la naturaleza, cuyos gastos benefician a económicamente a las comunidades.
El ecoturismo va de la mano con la conservación, la educación y la responsabilidad del visitante y la participación de los lugareños. Para evitar el impacto negativo, urge la planificación de esta actividad, en aras de logar un desarrollo sostenido.
ACCESO FÁCIL
Este bosque está ubicado en el distrito San José, en la provincia de Pacasmayo, en la parte baja del valle de Jequetepeque y abarca un territorio de mil 310.90 hectáreas con una longitud total de 19 mil 240 metros.
El acceso es utilizando la carretera Panamericana Norte, hasta el cruce de San José, a la altura del kilómetro 680, próximo al puente Libertad sobre el río Jequetepeque. Ahí se aborda un colectivo hacia el centro poblado menor Tecapa, de donde, en compañía de un guía local se camina un aproximado de 15 minutos y se llega al lugar denominado El Sondo, por donde se ingresa al área protegida.
Otra forma, de llegar al bosque es abordar un colectivo, desde San José hacia el Asentamiento Humano Santonte, de donde se camina 80 minutos a través del desierto, siguiendo el trayecto de los restos arqueológicos, internándonos en por el sector Los Duros, hasta la laguna El Cañoncillo.
Guido Sánchez Santursasagui35@gmail.com
Recorrer los 2,5 kilómetros de ese acondicionamiento urbanístico-turístico es una grata experiencia, no sólo por los diseños arquitectónicos, las tiendas, restaurantes, sino por la sensación y satisfacción que uno siente de saber caminando sobre un espacio recuperado del olvido y que se yergue como ejemplo para cualquier urbe latinoamericana.
El Malecón 2000 o Simón Bolívar se ha convertido en un pilar histórico de Guayaquil (Ecuador), ya que a partir éste monumento arquitectónico se expandió su crecimiento e influyó en el desarrollo y embellecimiento de la ciudad, lo cual se ha convertido en orgullo de los guayaquileños.
Este espacio es un paisaje singular y constituye el corazón de la ciudad, por eso nadie que visite Guayaquil puede dejar de visitarlo. El malecón está dividido en tres sectores, cada uno de ellos con una vista diferente, a través de los cuales los caminantes hallan posibilidades de recreación y esparcimiento para todos los gustos y edades.
Entre las áreas recuperadas y que son la admiración de los visitantes encontramos el Mercado Sur (durante 90 años funcionó como tal, data de 1907) o Palacio de Cristal, es transparente y luce una estructura de hierro forjado con estilo colonial. En su cara interior se aprecian paredes de vidrio que permiten ver la edificación como una enorme caja de cristal. A pocos metros se encuentran locales de artesanía ecuatoriana y el Club de la Unión fundado en 1869, el más antiguo de la ciudad.
Una vista especial presenta la Plaza Olmedo, donde destaca el monumento al poeta Joaquín Olmedo, primer alcalde de Guayaquil. Este es uno de los lugares más visitados por su explanada que acoge a todas las expresiones artísticas y culturales, así como la pileta de colores y una base alegórica.
Enseguida está el Centro Comercial Malecón, inspirado en temas náuticos y portuarios porque en el pasado aquí atracaban los barcos con los productos que llegaban y salían de la ciudad. Como una pintura abstracta, quienes miran la construcción tienen su propia interpretación de las formas.
Los cuatro segmentos de esta construcción, en la fachada que da al mar, están diferenciados por colores (naranja en los extremos, rojo y verde en el centro) en tonos fuertes, similares a los de los barcos para que sean visibles en el mar. Por eso, desde el río parece que a ese lado del malecón han llegado cuatro grandes naves. Frente a cada puerta hay estructuras de hierro que semejan los mástiles de un barco. Eso nos remite a los dos tipos de velas instalados: unas con techos de lona colgadas con cables y otras ondulantes de hierro.En el tercer nivel centro comercial está la terraza y el patio de comidas con restaurantes. Este es otro de los sitios muy concurridos, pues se disfruta comida rápida y platos típicos de la gastronomía ecuatoriana, mientras se observa el discurrir del río y la isla Santay, una de las reservas ecológicas de la ciudad.
La Plaza Cívica en torno al tradicional monumento de La Rotonda, que recuerda la entrevista que sostuvieron los libertadores Simón Bolívar y José de San Martín, junto a la galería de los Guayaquileños Ilustres. Fue inaugurada el 9 de octubre de 1999 y está dedicada a las expresiones cívicas más importantes de la ciudad, pues ahí permanecen otros monumentos como el Hemiciclo de la Rotonda, una columna de mármol blanco de carrara e iluminada interiormente, placas de batallas independentistas, etc. Los bronces fueron modelados y vaciados en Barcelona (España) y los relieves de las placas fundidos en Florencia (Italia), en 1937.
La Torre del Reloj o Morisca, inaugurada el 24 de mayo de 1931, es de estilo árabe bizantino, con policromados, cúpula de escamas color verde, planta octogonal y una altura de 23 metros. Está ubicada entre las calles Malecón y 10 de Agosto, frente al municipio de la ciudad.
El obelisco es otro monumento que se encuentra semisumergido y da la impresión de estar en una fosa. Destaca la aurora gloriosa al 9 de Octubre de inspiración de José de Olmedo. Los colores son los mismos usados en la bandera de Guayaquil.Otro escenario destacable es el área de juegos con la Plaza del Vagón, donde admiramos la réplica de un vagón de ferrocarril habilitado como espacio de exposiciones, al cual de accede a través de un andén de espera con una pérgola. Este lugar posee lugares de descanso y sombra. Tambien hay juegos para niños, una pista de patinaje; además de cafeterías, comidas y servicios higiénicos. Al centro hay una pileta de hierro fundido con juegos de luces de colores. Esto se complementa con una jardinería colorida, parqueos, plazas y el Museo de Guayaquil. Realmente un mosaico que atrae a miles de turistas.
BARRIO LAS PEÑAS
Se le conoce como el barrio más importante de Guayaquil, pues sus casas tienen una antigüedad promedio de 100 años con características arquitectónicas que se remontan a los siglos XVIII y XIX, en lo cual radica su belleza y valor patrimonial.
Cada casa tiene su propia historia, ya que aquí vivieron personajes ilustres de la política y la cultura ecuatoriana, entre ellos Ernesto Che Guevara. En el siglo XVIII fue un barrio de clase media, pero el incendio de 1896 arrasó con todo, por eso en el siglo XX fue reconstruida su arquitectura original.
A la fecha este lugar destaca pro estilo arquitectónico particular, como la calle Numa Pompilo Llona y las casas junto al río que lo convierten en un llamativo y nostálgico escenario de reuniones amicales.
Muy próximo está el cerro Santa Ana, al noreste de la ciudad, junto al río Guayas. Abarca una superficie de 13,5 hectáreas en las que se desarrolló un proceso de regeneración urbana para beneficiar a su población.
Antiguamente se le llamó Cerro Verde y es el sitio donde se originó la ciudad y se fundó definitivamente en 1547. Ahí encontramos restaurantes, cafés, galerías de arte y tiendas de artesanía.
Su más importante atractivo es la vista de la ciudad de Guayaquil desde la parte alta, a donde se llega luego de subir 444 escalones numerados, a cuyo paso visitamos la plaza mirador El Fortín, el punto más elevado donde están el faro, la Plaza de Honores, el Museo Abierto, capilla de Santa Ana y el cuartel que vigila la Plaza.
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Guido Sánchez Santur
sasagui35@gmail.com
“Si ves que la arena se mueve, coge tu kite y corre”, dice muy emocionado, Luis Manasés Saldaña, al bajar del auto y observar la extensa playa en puerto Morín (Virú, La Libertad). Él se quedó extasiado al comprobar la fuerza del viento que golpeaba con características propicias para practicar su deporte favorito: el surfing o kite surf, llamado también kiteboarding o flysurfing.
Su expresión de satisfacción era comprensible porque hace meses estaba buscando escenarios como éste, en el norte del Perú hasta Ecuador. En la playa de Huanchaco pasó días enteros esperando que corra viento para elevar su kite, pero nunca llegó.
Por eso, cuando le hablé de Puerto Morín, a 45 minutos de Trujillo, no dudó y enrumbamos hasta ahí para comprobar la intensidad del viento, puesto que el kitesurfing es un deporte de deslizamiento que consiste en el uso de un cometa de tracción (kite) que estira al deportista (kiter), a través de cuatro o más cuerdas, dos están fijas a la barra y las otras pasan por el centro de la barra y se sujetan al cuerpo mediante un arnés, permitiendo deslizarse sobre el agua con una tabla ó un esquí del tipo wakeboard.
Rápidamente, se puso su traje y armó el kite. Empezamos a las 10 de la mañana y el viento agitaba más a medida que avanzaba la hora. Eso hacía más interesante la experiencia.Entonces empezó a fluir la adrenalina, mientras Manasés, sostenido por Willam Dávila, luchaba por dominar el kite impulsado por el viento. Así trajinó casi dos horas, pero no pudo ingresar al mar porque la fuerza del viento es mayor a la esperada y el equipo era demasiado grande, lo cual ponía en peligro la integridad física del deportista.
Al término de esta faena quedó convencido que puerto Morín es un paraíso para los amantes del kiteboarding, por eso no se extrañó cuando los lugareños relataron que regularmente llegan “unos gringos” a practicar este deporte, y se quedan varios días.
Manasés Saldaña destacó la importancia de puerto Morín para desarrollar esta actividad porque tiene acceso fácil, cómodo y seguro, con un impresionante panorama del desierto, calmo y soleado, que se complementa con la extensa sábana verde en que se ha convertido el desierto de Virú, gracias al proyecto Chavimochic que impulsó esa creciente agroindustria.
Asegura que Puerto Morín es una bahía de privilegiada geografía, protegida por una punta que forma el Cerro Negro y que sirve de rompeolas natural. Esto le dota al balneario de un mar calmo, ya que corta los vientos del sur de una manera especial, de tal manera que los convierte en constantes con una velocidad de entre 9 y 20 nudos.
“Estas condiciones, sumadas a un mar de exquisito color azul verdoso contrastan con las arenas rubias y finas de la playa, convirtiéndola en un paraíso como destino abierto a la libertad”, comenta.
Añade que Puerto Morín tiene muchas ventajas, en comparación con Lobitos (Talara), ya que el primero no tiene olas, lo cual favorece el desarrollo de todas las fases del entrenamiento del kite y el wind surf, que pueden ser practicados por los mayores de 12 años.“Los vientos suaves empiezan a soplar desde muy temprano e incrementan su fuerza cerca del mediodía. Y en horas de la tarde marca una gran diferencia a favor de puerto Morín, al igual que su gente amable y que ofrece una gastronomía tradicional de muy buena calidad. Es un apacible lugar digno de comparar y capaz de competir con otros destinos nacionales e internacionales”, enfatizó.
No podemos partir sin antes degustar la sazón de este puerto. La dueña del rancho nos sirve una contundente fuente de ceviche de mero y otra de chicharrón de pescado, que nos reponen las energías después de varias horas de intenso trajín. El sabor tiene su estilo propio, muy agradable y barato, por cierto.
MUCHO ENTRENAMIENTO
Los primeros ingresos al agua se hacen sin tabla hasta que el principiante domine el kite, especialmente los procedimientos de autorescate y los comandos para subirlo y bajarlo, luego de comprender la fuerza impulsora del equipo. Y unas vez que aprenda a controlarlo, ya es hora de comenzar con la tabla.
El kiteboarding es un deporte que presenta riesgos altísimos para quienes no siguen las normas de seguridad. Las causas de accidentes surgen cuando las personas intentan aprender solas o con ayuda de algún inexperto. Eso más bien, podría retrasar el aprendizaje de un mes a varios.
Los requisitos para iniciarse en esta práctica son: saber nadar bien y disfrutar del agua, no es necesario ser fuerte, aunque sí tener un buen estado físico; los vientos ideales para aprender oscilan entre 8 y 18 nudos. Aprovechando la velocidad del viento se puede alcanzar un promedio de 50 a 80 kilómetros por hora, al momento que se corre con la tabla.El kite se remonta a las antiguas poblaciones chinas e indonesias que utilizaron cometas como tracción para movilizar sus embarcaciones de pesca, hasta que en 1977, Gijsbertus Adrianus Panhuise patenta un sistema de navegación con una tabla y una especie de paracaídas. Posteriormente en los años 90 se desarrolló el primer kite, muy similar a los actuales. En ese país, este deporte es un arte y una industria, una de las mayores del mundo, que forma parte de su cultura
Este deporte está muy difundido en el mundo, pero su acceso es limitado por los costosos equipos y las características geográficas de los países; aunque el kiteboarding también es practicado en lagos, nieve y en arena con un buggy.
Con este saleroso y pegajoso sanjuanito que baila un grupo de niños, nos reciben (a un grupo de 53 periodistas extranjeros) calurosamente y muy emocionados los pobladores del Puerto El Morro, a hora y media al sur del cantón Guayaquil, en la provincia del Guayas (Ecuador).
Con entusiasmo nos comentan las maravillas que nos esperan más allá de tierra firme, siguiendo la ruta de los manglares. Terminado el ritual de acogida, nos muestran el centro de interpretación y nos alcanzan los chalecos salvavidas, antes de abordar las embarcaciones. Dejamos atrás el puerto y navegamos por un recodo del amplio estero y el exuberante manglar. A medida que avanzamos apreciamos la diversidad de aves marinas que revoletean en el bosque, unas más impresionantes que otras, entre las que destaca la estirada Garza Rosada. Se estima que en este lugar habitan cerca de 3 mil especies de aves; por eso, el mes de octubre arriban observadores de aves de distintos países.
De pronto, a lo lejos apreciamos que en mar se mueven unos bultos de color negro. Agudizamos la visión y el guía nos confirma que se trata de los delfines que nadan a ras del agua, luego parece una alerta y empieza el “cacerìa” de imágenes.
Salta uno por un lado, otro aparece más allá, se aproximan a los botes, pasan por debajo, zambullen, nadan de en pareja; mientras los fotógrafos disparamos sin cesar. Me da la impresión que los delfines jugaran a las escondidas con nosotros porque apenas aparecen, de inmediato se sumergen y vuelven a salir, dejando escapar si singular silbido. Así transcurrió casi una hora, persiguiéndolos con los botes con el afán de captar la mejor imagen. Con la emoción a flote por tan grata experiencia, el guía nos indica que debemos continuar la ruta, donde observamos que en la orilla unos pescadores con sus pequeños botes o caminando por la playa y entre los manglares, capturando cangrejos, conchas o almejas.
Más allá descendemos en una estrecha playa y nos adentramos al bosque por un puente construido con madera, hasta unas escaleras por las que ascendemos a un mirador que sobresale entre la copa de los árboles, desde el que admiramos la frondosidad de la vegetación y el extenso brazo del mar que se abre paso entre los manglares.
Bajamos e iniciamos el regreso en nuestra barca, bajo un radiante sol, pero refrescados por la brisa marina y las ráfagas de viento que suelta el manglar.
Ya en tierra firme, la vicepresidenta de la asociación Puerto El Morro, Luciana Anastasio Jordán, nos explica que la Ruta de los Delfines tiene un recorrido de dos horas, trayecto en que los cetáceos están distribuidos en diferentes sectores, desde la salida en el muelle artesanal, pasando por la Boca de Posara y la isla Manglecito.
Agrega que, según el último conteo realizado el año pasado, en este ecosistema habitan más de 100 delfines, de la especie conocida como Pico de Botella. La mejor hora para observarlos es en las mañanas, pero con un poco de suerte tambien en las tardes, aunque con menos posibilidades. Estos animales están dentro del estuario, un área protegida que fue declarada en setiembre del 2007.
Mientras conversamos, las cocineras nos ofrecen los exquisitos platos típicos, como la liza asada con menestras, sopa de cangrejos, ensalada de cangrejos, ensalada de conchas, entre otros que son preparados con productos pescados en los manglares.
“A través del Ecoclub Los Delfines, invitamos a las familias que vengan a conocer los exuberantes manglares, los delfines y las fragatas. Este es un pequeño poblado que los recibe con los brazos abiertos”, nos dice Anastasio Jordán, mientras nos despedimos, y caminamos entre los pescadores que cargan pesados sacos con cangrejos.
EJEMPPLO A IMITAR
Los 40 miembros de la Asociación Ecoclub Los Delfines de Puerto El Morro están abocados a ordenar la prestación del servicio con sus 15 embarcaciones, pero sin descuidar la protección de la reserva para evitar el alejamiento de las aves.
Esta actividad involucra a guías locales, operarios, motoristas, cocineras y niños que hacen representaciones teatrales. De los ingresos que se obtienen por concepto de los paseos a los turistas, los dueños de las embarcaciones hacen un aporte que es depositado en una cuenta, y cuando es necesario cubrir algún gasto de recurre a ese dinero.
Esta asociación se creó hace seis años, a iniciativa de Simeón Figueroa, quien propuso el proyecto, a su retorno de Taiwán. Su aspiración no sólo era darle un carácter turístico, sino preservar el ambiente, ya que nadie respetaba este recurso (arrojaban basura al mar, talaban el mangle, etc.). “Todo eso funcionó y ahora somos una asociación socio-ambiental”, asegura Anastasio Jordán.
Gracias a esta organización se puso en marcha un proyecto de siembra de mangles en dos hectáreas y se maneja el cangrejo con vedas dos veces al año en épocas de reproducción. Además, periódicamente organizan minkas para la limpieza del ámbito urbano y en los esteros con participación de la comunidad y en coordinación con el Ministerio del Ambiente y las autoridades de la comunidad. Los desechos se reciclan (botellas de vidrio y plástico) a fin de reaprovecharlos.
Se conoció que el año pasado este atractivo recibió alrededor de 8 mil turistas, aunque algunas épocas los días feriados llegaban hasta mil visitantes.
Cuando bajamos del bus nos abriga el calor de su clima tropical y nos acoge la calidez de su gente norteña, salerosa, dicharachera y querendona. Así es Talara, una provincia que pertenece a la región Piura, al norte del Perú, y cuya población todavía no puede apartarse de su su fantasía: su pasado esplendoroso, aquellos años “cuando los “gringos” administraban las empresas de extracción y refinería de petróleo. Se trabajaba fuerte, pagaban bien y había de todo”. Esta frase melancólica la escuchamos en cada esquina.
Salgo de mi hospedaje y en una mototaxi me dirijo al puerto en busca de una lancha para hacerme a la mar en pos de los lobos marinos que tanta fama les han hecho los mismos talareños. Ellos se sienten orgullosos porque consideran tener un pedacito de Paracas, la más grande reserva que protege a esta especie marina, al sur del país.
Estoy parado frente al muelle y el panorama es sorprendente. Más de 200 lanchas grandes y pequeñas acoderadas en esta pequeña bahía. No es para menos, es feriado y los pescadores han parado las máquinas para festejar.
Mientras algunos pescadores apuran el traslado de la pescada extraída en la madrugada, otros se aprestan a sacar los motores fuera de borda para ponerlos a buen recaudo. En la orilla filetean el pescado y lo ofrecen a precios ganga o preparan su ceviche al paso. En medio de este barullo nos abrimos paso entre el griterío en busca de nuestro bote que nos adentrará en el mar. Un viejo pescador que parcha su red, con una amplia sonrisa, nos recibe un gusto accede a llevarnos.
Avanzamos despacio, entre las aves marinas que revoletean. Desde que partimos nos encontramos con lobos solitarios que se aproximan a los botes en busca de alimento. Avanzamos, y en una enorme boya avistamos que descansa y toma sol un viejo lobo. Su soledad y quietud me recuerda que estos animales están camino a la extinción debido a que el ser humano los cazaba para obtener carne y aceite, pero la principal razón era la piel de las crías recién nacidas, llamadas "popos" usada en peletería (trajes confeccionados con cuero). Los pescadores hacen lo suyo, ellos los asesinan porque se comen los peces o quedan atrapados en sus redes y las destrozan.Seguimos el trayecto y en la orilla, junto a un acantilado convertido en mirador, desde el litoral, apreciamos una manada de lobos descansando entre las rocas, entrando y saliendo del mar, disputándose las hembras o simplemente jugando entre sí.
Otros se aproximan a nuestro bote y hacen piruetas como si quisieran ofrecernos un espectáculo, demostrando sus habilidades. Más allá un macho y una hembra se persiguen, se encuentran y salen a la superficie con la trompa en alto muy juntitos. No sabía que estas especies son tan querendonas, expresivas y exhibicionistas.
Realmente es una escena espectacular. Regresamos y en otra boya encontramos una loba descansando y que se asusta con el sonido del motor. En esos momentos aparece su pareja que desde el agua merodea y observa si ella sigue allí, logrando que se lance al agua.
El guía nos dice que nos debemos temer, pues estos animales son pacíficos y que inclusive uno se puede bañar junto a ellos; aunque al verlos bostezar, su apariencia con sus filudos colmillos, nos inspiran respeto.
Existen dos tipos de lobos: chusco, sudamericano, de un pelo, león marino del sur o león marino sudamericano (otaria flavescens) y tienen hasta 300 kilos de peso (los machos adultos, el doble que las hembras), prefieren las playas arenosas para congregarse; y los finos (arctocephalus australis), de cuerpo más esbelto, que se reúnen en las roquerías y salientes inaccesibles del litoral. Ambas especies se reproducen entre noviembre y marzo, meses ideales para su observación.
Desde el mar apreciamos la chimenea en la que los trabajadores de Petroperú queman los gases excedentes de la refinería; una pequeña playa blanquecina, donde las familias acuden a broncearse y esa flota de naves pegadas a la orilla, entre las que también están los barcos que cargan el petróleo o que son utilizadas para trasladar las estructuras de las estaciones petrolíferas que están en alta mar.
Al salir a tierra firme, ingresamos al mercado que está frente al mar, donde el principal producto de comercialización es el pescado y maricos. Ahí una veintena de jóvenes, expertos con el cuchillo afilado, filetean los pescados más pequeños a fin de ofrecerlos a las “chicherías” donde los preparan como ceviche o en chicharrón. Una delicia.
Con esta imagen impregnada en mi memoria regreso, con el firme propósito de regresar a caminar los senderos a la Punta Balcones, la playa Las Capullanas (la más enigmática de Talara) y su exquisita comida, en base a pescados, por su puesto.
HISTORIA LIGADA AL PETRÓLEO
Talara está ubicada al norte de Piura, entre los cerros de Amotape y el mar. Fue creada el 16 de marzo de 1956. Se precia de poseer las playas más hermosas de la
la costa norteña como Máncora, El Ñuro, Los Organos y Cabo Blanco.
La ciudad capital es un puerto que llegó a producir más del 90 por ciento del petróleo peruano. Aquí se encuentra la refinería y las plantas de almacenamiento de crudo más importante de la costa norte, además de una numerosa flota pesquera. En la cercana localidad de Negritos se explotan varios yacimientos bajo la modalidad de contratos a terceros.
El sabio Antonio Raimondi escribió que en Amotape existe asfalto que mezclado con arena arcillosa se presenta en masas de color próximo al chocolate, con ligero bituminoso; y que al fuego se inflama y quema con llama fuliginosa.
En 1849 llegaron los primeros buscadores de petróleo que escondía la superficie árida y desértica. Así nace Talara como un campamento hasta transformarse en una gran ciudad.
A Talara se llega partiendo de Piura en ómnibus en un recorrido de 120 kilómetros. Todos sus distritos están conectados con la capital a través del servicio de combis o buses; mientras que por vía aérea, se puede llegar al aeropuerto FAP. Capitán Montes.
La provincia de Talara, cuenta varios recursos turísticos: Balneario de Máncora, Playa Cabo Blanco, Punta Balcones, Bosque Pariñas, Cerros de Amotape, Yacimiento de Fósil de Ballenas, Plataforma del Zócalo Continental, Refinería de Talara y el Centro Cívico de Talara.
