Misticismo en El Brujo


• Una ‘limpia’ o florecimiento en la plaza ceremonial.

  Guido Sánchez Santur

El sol despliega sus candentes rayos solares, mientras nos aproximamos a la plaza ceremonial, situada en un promontorio. Cuando llegamos a la parte más alta nos sorprende un sonido que al principio no sabemos de dónde sale, aparentan pututos soplados levemente. De pronto nos sobrecoge un ligero temor. “Son las botellas vacías y los carrizos que suenan con la corriente de aire”, nos tranquiliza Régulo Franco Jordán, director del Complejo Arqueológico El Brujo, quien hace las veces de nuestro guía.
Ya en la cima avistamos, casi al mismo nivel, la Huaca Cao Viejo y un poco hacia abajo al Museo de Sitio. Volteamos la mirada al centro de la plaza ceremonial, y ahí está el curandero con su indumentaria colorida, propia de los sacerdotes moches, con los brazos levantados y la mirada orientada al firmamento.
Al centro, un tronco tallado con representaciones de una serpiente, un puma, un lobo marino y un águila pescadora. Estos son los elementos mágicos con los que trabajan los curanderos contemporáneos.
El shaman inicia el ritual tocando el pututo, agitando sus manos y una calabaza,  a la vez que rodea la mesa en la que están sus instrumentos rituales y pronuncia invocaciones en idioma muchik.
Terminada esta ceremonia iniciamos la caminata hacia el pozo ceremonial (con una profundidad de 12 metros) para la ‘limpieza de purificación y florecimiento’ a cargo del mismo maestro curandero, quien nos ayuda a eliminar las cargas negativas de energía, dando lugar a la curación de dolencias físicas.
En esta fuente cristalina experimentamos una armonización y limpieza espiritual, al ingresar al agua natural que brota de la napa freática, y que contiene elementos especiales (sulfuros).
Para este ritual se encienden tres velas de colores distintos (verde, amarillo y rojo), las mismas que aluden a la salud, el amor y la esperanza. Estas se colocan en una pequeña hornacina situada a un costado del pozo. Enseguida prosigue el florecimiento con esencias fraganciosas (agua florida, claveles y jazmines), palo santo y salvia grande con las que se limpia el espacio. Estos aromatizantes se esparcen antes del baño. También se usan cristales y tabaco, luego se escucha los relatos de los pacientes, a partir de lo cual se los orienta.
• ITINERARIO HISTÓRICO
Estos rituales son la parte final del circuito turístico en el Complejo Arqueológico El Brujo, el mismo que se inicia en el Museo de Sitio, que alberga a la Dama de Cao, un personaje descubierto el 2005, por un equipo de arqueólogos dirigidos por Régulo Franco Jordán, director de este proyecto.
Este hallazgo excavado en la pirámide Cao Viejo cambió la historia de las culturas prehispánicas en el Perú. Estaba oculto bajo tres metros de tierra y data de 1.800 años de antigüedad, donde se encontró los restos momificados de una mujer que al momento de su muerte tenía entre 25 y 30 años.
Franco Jordán advierte que por las características del entierro (ajuar funerario y acompañantes) este descubrimiento fue uno de los más importantes de la arqueología contemporánea, pues se trata del primer gobernante mochica de sexo femenino.
Luego, un equipo multidisciplinario trabajó durante un año en el desenfardelamiento de la momia de la Señora de Cao que conservaba aún sus órganos blandos y mostraba tatuajes en la piel.
Los estudiosos determinaron que la momificación natural fue posible gracias a la ubicación del fardo que lo mantuvo lejos de la humedad  del suelo y de la superficie, así como el redescubrimiento de su cuerpo con cinabrio, una sustancia que impidió su descomposición. El resultado fue una momia en perfecto estado de conservación, junto a la cual se recuperaron intactos dos vestidos. Uno bordado y otro pintado, los textiles mochicas mejor conservados en la actualidad; además, una serie de ofrendas que componían su ajuar, entre las que destacan piezas cerámicas y objetos de metal, como narigueras, collares, diademas, coronas, estólicas y porras.
Todos estos objetos de la dama, incluidos los que se encontraron en el complejo arqueológico a lo largo de los 20 años de excavaciones, se exhiben en el Museo de Sitio El Brujo o Museo de Cao, que abrió sus puertas al público en abril del 2009.
  
MAS INFO
El costo de un florecimiento es de 27 dólares por persona en calidad de donación para el proyecto arqueológico. Mientras que la demostración del ritual en la plataforma ceremonial cuesta 10 soles. Próximamente se ha previsto la realización de rituales shamánicos con san pedro y un maestro especializado. 

Veinte años de investigaciones  
Las investigaciones se iniciaron hace 20 años con apoyo de la Fundación Wiese. El complejo arqueológico se encuentra ubicado a 60 kilómetros al noroeste de Trujillo. En la ruta de la Panamericana Norte, camino a Chiclayo, hay un desvío  a  la altura de Chocope, que conduce al pueblo histórico de Magdalena de Cao. El sitio se encuentra a 4 kilómetros de distancia con dirección al mar.
Régulo Franco recuerda que en las fiestas de julio 1990 fue invitado por Guillermo Wiese de Osma, entonces presidente del Banco Wiese, para acompañarlo en la visita a los principales monumentos prehispánicos de la región de La Libertad, tras lo cual se decidió apoyar las excavaciones.
La construcción de la Huaca Cao Viejo empezó el segundo siglo de nuestra era. Este templo tiene siete etapas constructivas, superpuestas una sobre otra. El diseño arquitectónico se respetó hasta el final de su ocupación.
La forma de la construcción se entiende como una pirámide trunca de lados escalonados con el frontis principal decorado y orientado hacia el noreste, con accesos en forma de rampas laterales que conducían a la parte superior.
La orientación de este templo, al igual que otros sitios, ha sido premeditada, quizás dirigida a la posición de algún astro o pléyade, siguiendo el concepto de los viejos templos costeros de tradición milenaria.
En su construcción se utilizaron miles de adobes de forma cuadrangular, con los que se formaron bloques de adobe tramado y celdas rellenadas con tierra y adobes.
El templo, antes de su abandono, tuvo las dimensiones de 140 metros de longitud por 100 de ancho con una altura promedio de 35 metros. En la parte delantera hay una plaza ceremonial con muros decorados que miden 140 metros de longitud por 75 metros de ancho. Había recintos ceremoniales pintados hacia os lados este y oeste de la plaza.

Las mejores galas de la Virgen de la Puerta


Guido Sánchez Santur
sasagui35@gmail.com


Los peregrinos y devotos llegan a visitarla en multitud desde cuatro días antes, con el corazón contrito y rebosante de fe. Este año al menos 20 mil caminaron 72  kilómetros, desde Trujillo a Otuzco con el afán de elevarle sus plegarias, en cumplimiento de sus promesas o invocarle algún portentoso milagro. No puede ser de otra manera, ella, la Virgen de la Puerta, ‘La mamita’, la Patrona del Perú y Reina de la Paz Universal, como también se le conoce, está de fiesta y muchos quieren estar a su lado en esta oportunidad.
Esta avalancha humana que va y viene por el trayecto a Otuzco llega a su máxima expresión de plenitud de fe el día central de la celebración, el 15 de diciembre, cuando la Virgen sale en procesión por las estrechas calles circundantes a la Plaza de Armas de esta andina ciudad.
Y como de fiesta se trata, la Virgen se presenta ante sus devotos con el mayor esplendor posible, vistiendo sus mejores galas. Este 15 de diciembre, durante la procesión, lució un manto color fucsia, con una paloma mensajera de la paz bordada con hilos bañados en oro; su ostentosa corona de oro de 18 kilates y otras joyas suyas.
Este manto esperaba ser usado desde hace cuatro años cuando fue donado por la devota Carmen Gladys Varón Chicano.
Teresa Meregildo Peláez, miembro de la Hermandad Virgen de la Puerta, sostiene que para la época de la festividad se escoge los mejores trajes, especialmente los más coloridos (fucsias, naranjas, amarillos) que destaquen su imponente figura.
Este lujo se da la imagen porque tiene mantos regalados para usarlos hasta el año 2023; es decir, que si alguien está interesado en entregarle una de estas prendas es seguro que recién la lucirá dentro de 13 años. El costo aproximado de cada uno oscila entre los 2000 y 3000 soles, dependiendo de la calidad del bordado.
Entre los donantes hay dos ex presidentes de la República: el coronel José Balta y Montero, y Alejandro Toledo Manrique. El primero lo hizo en retribución porque ella lo ‘ayudó’ a vencer en la revolución de 1868, por lo que le mandó a confeccionar en París un manto de tisú color perla, bordado con hilos de oro y piedras preciosas. Este fue entregado en setiembre de 1870.
Mientras que Toledo Manrique, personalmente le llevó un manto blanco en 2001, tras ganar las elecciones generales que lo llevaron a gobernar el país hasta el 2006. También le prometió a la Virgen la construcción de la carretera Shirán-Otuzco, obra que hizo realidad, en una expresión de inmensa fe; por ello, se esperaba que este año llegase a Otuzco, a puertas de iniciar una nueva campaña electoral en busca de llegar al poder nuevamente.
Pero antes, en octubre de 1943, el Papa Pío XII, a través del monseñor Fernando Cento, le remitió un manto, a propósito de la consagración de la virgen.
“Siento que la Virgen me bendijo porque ya llevo dos periodos en la directiva de la hermandad, lo cual me permite cambiarle su vestimenta continuamente. Permanecer junto a ella en esos instantes es una emoción tremenda”, advierte Meregildo Peláez.
La dirigente señala que en épocas normales se le cambia el manto dos veces al mes (los días y 1º y 15); en temporada de fiesta (del 12 al 16 de diciembre) este ritual se cumple todos los días. Este año durante la bajada vistió un manto de color guinda de su santuario.
• EL CIRIO MÁS GRANDE
Este año también se confeccionó el cirio ferial más grande, con una altura de 2.50 metros y seis pulgadas de espesor, una obra diligente de los artesanos de Otuzco que fue encendido el 4 de diciembre (al inicio de la novena) y permaneció encendido hasta el término de la fiesta.
El presidente de la Hermandad de la Virgen de la Puerta, Sigifredo Robinson Benites, precisó que este cirio tiene un peso de 6 arrobas y cinco kilogramos.
“Este cirio lo mandamos a hacer como símbolo de la devoción de los peregrinos que ingresan a la iglesia a encender sus velas de diferentes tamaños, las que compran en los exteriores. Estamos seguros que en esta fiesta se vende la mayor cantidad de velas respecto de otras celebraciones patronales del país”, aseveró.
Asimismo, la intensa fe de los devotos y peregrinos se evidencia en su enorme esfuerzo al caminar una larga travesía, sorteando laderas, abismos, soportando la sed, los rayos solares en el día y el gélido frío en las noches.
Algunos inclusive, al ingresar a la ciudad, a la altura del grifo San Carlos, doblan sus rodillas, en cumplimiento de su promesa a la virgen, avanzan hasta llegar a la puerta del templo. Un verdadero sacrificio de fe.

Jardín botánico de Trujillo

Un tributo a la naturaleza

Guido Sánchez Santur
Sasagui35@gmail.com
 Mimosa púdica (Sensitiva), clitorea tenuata (Celestito de Maldonado), aristochia elegance (Saxofón o Cuello de botella)… Estas voces suenan a palabras tabúes por su significación sexual, y ello fue lo que más me sorprendió mientras recorría palmo a palmo los 25 mil metros cuadrados del Jardín Botánico de Trujillo, el otrora Parque La Cultura, situado en el corazón de la urbanización La Merced, en la cuadra 38 de la avenida América Sur, muy cerca de las universidades Antenor Orrego y César Vallejo.
Éstas y otras plantas exóticas son parte de las 320 variedades que alberga este espacio público, convertido en el área verde más extensa de la ciudad que cuenta con la mayor cantidad de especies arbóreas (algarrobo, molle serrano, cactáceas, tamarindo, zapote, eucalipto, romerillo), medicinales, aromáticas y ornamentales, clasificadas por su procedencia geográfica (costa sierra y selva).
Otros vegetales raros con los que nos topamos son el Árbol de la vida (resina antitumoral, comestible), procedente de Madagascar; Pitanga (Brasil), Pepino del Cuzco (blanco con franjas verdes) que destaca por su tamaño superior a los que conocemos en el mercado; Confrey (anticancerígena), procede de Rusia y contiene cobalto; Sachajergón (su raíz es anti cancerígena), adopta este nombre por su parecido a esa serpiente venenosa.
A ellas se suman las ya conocidas Noni (antioxidante), carambola, granadilla, la chancapiedra (buena para el riñón), hortalizas, maíz y camote, sembrados para alimentar a las pocas especies animales que también forman parte de este hábitat, tales como las tortugas (20 ejemplares), conejos, pericos australianos, papagayos, patos, gansos, pigüichos (loros pequeños) palomas africanas y castillas, y un pavo real.
Con el propósito de ordenar las especies vegetales de acuerdo a su región geográfica, especialmente las autóctonas, se dividió en sectores, que representan la costa, la sierra y la selva, inclusive en la que corresponde a la parte andina se levantó un promontorio, con apariencia de un puente por donde los visitantes cruzan y se divierten, sobre todo los niños.
Casi en la parte central encontramos una fuente de agua en la que observamos cientos de alevinos de gupys y charcocas que saltan incesantemente en busca de alimento. También avistamos tres taricayas o charapas. Y por supuesto, los hermosos nenúfares amarillos y lilas, totora y papiro que embellecen el paisaje.
• REFLEXIÓN Y SOSIEGO
En este escenario verdoso y colorido, los espacios despejados han dado lugar a que no sólo lleguen personas interesadas en conocer y aprender la importancia y propiedades de las variedades vegetales y animales, sino también con el afán de encontrar momentos de tranquilidad y paz, que les permiten la reflexión y un reencuentro consigo mismo. Esto dio lugar a que tres grupos de EsSalud que practican taichí concurran periódicamente a realizar sus ejercicios.
La tranquilidad es tanta que otros lo escogen para cumplir con sus retiros espirituales, tal es el caso de un grupo de damas de la urbanización California que llega a leer la Biblia en horas de la tarde, cuya sesión termina con una reunión en la que intercambian sus reflexiones espirituales en el auditorio abierto, donde además se dictan charlas y se practica sesiones de reflexión.
No es para menos porque al caminar por los senderos, bajo los frondosos árboles y entre las coloridas flores nos invade una sensación de tranquilidad y de libertad, ese aire fresco y puro nos hace olvidar de las bulliciosas y atiborradas calles de Trujillo.
A diario ingresan decenas de personas (un promedio de mil 500 mensuales) con el afán de conocer las plantas o por el solo hecho de refrescarse a  la sombra de los árboles. Los niños son quienes más se maravillan en este jardín, desde que ingresan no cesan de interrogar a los adultos sobre esta, aquella u otra planta o los animales. Esta experiencia los motiva a sacar a flote toda su curiosidad, con lo cual desarrollan su inteligencia naturalista, que se concreta en su capacidad de observación y relación.
El recorrido no es tan edificante sino lo hacemos junto al ingeniero Julio Gutiérrez Zambrano, amante de la naturaleza y enamorado de este jardín, me atrevería a decir que forma parte de este atractivo, pues cuando alimenta a las palomas éstas lo rodean y revoletean, y muchas comen en sus manos. Además, ellas siguen sus pasos, mientras arranca la maleza, y se acercan en bandada apenas escuchan su silbido.
Esta experiencia resulta inolvidable, nos transporta al corazón de la naturaleza, y al traspasar la puerta de salida aún sigo escuchando el trinar de los pajarillos que se grabó en mi subconsciente, hasta que el sorpresivo claxon de un taxi me despierta y vuelvo a la realidad de esta atronadora ciudad.
ESFUERZOS CONJUNTOS
La mayor cantidad de visitantes diarios son los estudiantes de los niveles inicial y primaria, llevados por sus profesores. Iniciativas dignas de elogio porque no hay mejor forma de aprender que en el campo mismo.
Algunos universitarios también han encontrado en este espacio un motivo para elaborar sus tesis. En este momento se investiga sobre las propiedades antioxidantes del almendro, la muña (inhibidor de los hongos) y otros.
Asimismo, los estudiantes de Turismo de la Universidad Privada del Norte (UPN) y del Instituto  Superior Tecnológico de Trujillo (Iste), bajo la dirección de la docente Leonor Janampa Vidal, este año desarrollaron diversas actividades vinculadas a la gastronomía, el turismo de salud y ecológico, masoterapia, entre otras.
Gutiérrez Zambrano expresa su satisfacción por la gran acogida que tiene el jardín de parte de los visitantes, pero advierte la necesidad de construir servicios higiénicos para damas y caballeros, puesto que ahora sólo existe uno que lo comparten con los y trabajadores.
Este jardín empezó a gestarse desde el año 2003, cuando quedó desterrada definitivamente la propuesta del gobierno municipal de entonces que consistía en construir una biblioteca y un amplio auditorio para Trujillo.
Gran parte de esta transformación de lo que antes fuera un desordenado bosque, inicialmente se debió al esfuerzo y tenacidad de los vecinos, bajo la orientación técnica de Gutiérrez Zambrano. Posteriormente esta idea fue capitalizada por el Servicio de Gestión Ambiental de Trujillo (Segat), cuyos funcionarios han puesto especial énfasis en su mejoramiento y preservación.

Tambogrande, una historia encarnada en su gente

Guido Sánchez Santur
sasagui35@gmail.com
Locuto, Ocoto Alto, Angostura, Callejones, Casaraná, Dios nos mire alto, Las Mónicas, Malingas … son algunos de los nombres curiosos de caseríos o centros poblados del distrito Tambogrande (provincia de Piura) y que llaman la atención por su rareza y significado.
En la misma ciudad un asentamiento humano fue bautizado con el nombre de ‘Froilán Alama’, memorable y mítico bandolero que asoló el medio Piura en los años 30 del siglo XX. Sus pobladores conocen bien la historia de este ‘caballero del delito’, convertido en leyenda y no dudan en llamarlo el ‘Robin Hood piurano’. Este calificativo le atribuyen porque en algún momento se dedicó a robarle a los hacendados para distribuir parte de sus botines a los más pobres. De esa manera, se ganó la simpatía y protección de los campesinos; aunque se especula que lo recibían por compromiso y temor antes que por necesidad.
Al caminar por los senderos polvorientos de estos pueblos, me asaltan las imágenes ficticias de las correrías vividas por los bandoleros que se enfrentaron a tiro limpio con la Policía o entre bandas. Mis cavilaciones se interrumpen al cruzarme con un hato de cabras, y aproximarme a un grueso y frondoso algarrobo que da sombra a una mujer de mediana estatura y piel broncínea que ofrece chicha de jora, cecina y cebiche de caballa o cabrilla a los parroquianos.
Estas dos manifestaciones de la culinaria son parte de la identidad del norte. El novelista Enrique López Albújar escribió que “si el serrano es biológicamente un producto de la papa, la quinua, el trigo y el maíz; el piurano lo es de la chicha y la carne de ganado cabrío, preparado en múltiples y variadas formas. Ictiófago (comedor de pescado) es el sechurano”. Esta costumbre se extendió a toda la región y ya es parte de su identidad.
• CAMINO DE LOCUTO
Tras saborear esas exquisiteces, prosigo mi camino a Locuto, bajo los rayos abrasadores del sofocante sol que no se adormecen, con la convicción de que “el trópico es el sexo de la tierra”, como decía Miguel Ángel Asturias; pues este clima hace que la gente de estos lares sea dicharachera, jocosa, amigable, y a sus mujeres, las nutre de sensualidad.
Para llegar a Locuto, situado entre un ralo bosque de algarrobos, cruzo el río Piura que en esta época casi no lleva agua, a través de un improvisado puente. Cuando ya estoy al otro lado, alguien me sale al paso y me cobra un ‘peaje’ de 50 céntimos, monto impuesto por la Comunidad Campesina en retribución a su esfuerzo desplegado en la rehabilitación de esta estructura de madera y barro.
Este caserío, situado en la ruta a Sullana, como el resto de Piura, abriga una rica y densa historia, matizada con tradiciones. Conserva las características de la arquitectura ancestral: casas de quincha, utilizando en su construcción ramas y troncos de algarrobo, techo de calamina o caña con barro, con un amplio corral donde las familias guardan sus cabras, asnos, ovejas, chanchos o ganado vacuno.
Con sus sandalias, que levantan arena al caminar, y un bebé en brazos, una joven madre se dirige a la posta médica, ataviada con una colorida vestimenta, a la usanza ancestral. Los colores que predominan son el rojizo, rosado, fucsia, amarillo, etc.
El bosque que acoge a los locuteños se ha convertido en su principal fuente de ingresos. Ahí pasta su ganado y del fruto de los algarrobos preparan diversos derivados en su planta de procesamiento: harina, galletas, algarrobina, queques, pan, entre otros. En estas actividades participan varones y mujeres, una fusión muy difícil al principio para los promotores, debido al marcado machismo, vigente hace muchos años en la región.
El aprovechamiento de la algarroba es parte de su rutina, casi todas las familias preparan algarrobina, de manera artesanal. También practican la apicultura en medio del bosque que les permite comercializar miel de abeja, y “de la pura”, como ellos aseguran.
Como ya dijimos, esta gente es muy querendona y lleva el humor en la sangre, pero las últimas décadas se volvió reticente y desconfiada, tras su enérgica lucha en su afán de salvar sus frutales que estaban a punto de ser arrasados por la minera canadiense Manhattan; pues todo el subsuelo y los campos de cultivo son una mina, y su explotación implicaba la reubicación total. En las dos décadas de resistencia sostenida sacaron a relucir la bravura y carácter de los guerreros tallanes, hasta lograr que el Gobierno rescinda el contrato y la compañía dé un paso al costado.
Esta característica se avizoró cuando el conquistador Francisco Pizarro, el 27 de setiembre de 1532, llegó a Tambogrande, en su ruta hacia Pabur, enfrentándose en una cruenta batalla con los nativos tallanes; luego fue fundación por el obispo Martínez de Compañón, el 4 de julio de 1873, bajo el nombre de San Gabriel.
• CON FRAGANCIA A MANGOS
Siguiendo la ruta al norte de Tambogrande ingresamos a los frutales, la principal actividad económica, donde destaca el cultivo del limón ácido y el exquisito mango. Ambos productos de exportación, con mercados asegurados en Estados Unidos y Europa.
Esta actividad agrícola se resume en el monumento al campesino levantado en el óvalo de ingreso a la ciudad, en cuyas manos sostiene un racimo de mangos.
Tambo Grande se ha convertido en una ciudad que se mueve alrededor de la fruta, por eso entre los meses de noviembre y marzo, época de cosecha, se convierte en un hervidero. Todos ganan, desde los obreros, mototaxistas, transportistas, empresarios, inertemediarios y campesinos.
Esta actividad se remonta a 1956, cuando el Estado, con apoyo del Banco Mundial y otros organismos, destinó una partida de 45,2 millones de dólares, a la construcción de la bocatoma de Samba en el río Quiroz, y el reservorio San Lorenzo. Así se inicia el proceso de colonización de ese valle, es decir que se recupera tierras fértiles para destinarlas a la agricultura intensiva, con asistencia técnica, créditos, generación de mercados y de empleo; matizados con experiencias educativas rurales, hasta convertirlo en el eje económico productivo agrícola más importante de Piura; pues, además del mango y el limón, también se cultiva papaya, algodón, arroz y marigold, entre otros. 
Esto es posible gracias al riego tecnificado en más de 43 mil 596 hectáreas, conformadas por predios privados de tamaño medio. Los lotes con más de 6 hectáreas permiten diversificar los cultivos.
La temperatura de esta zona es regulada por el bosque seco tropical de Locuto, que facilita los cultivos agrícolas competitivos. La algarroba es la columna vertebral de este bosque seco y sirve para mantener alimentados a más de 20 mil cabezas de ganado vacuno y otros, gracias a su alto valor proteico. Esta misma propiedad es aprovechada en la alimentación de las personas.

Sinsicap: naturaleza, aventura y sosiego


Un cálido paraje del ande liberteño a pocos kilómetros de Trujillo.

Guido Sánchez Santur
 Son las 6 de la mañana. La ciudad no se termina de despertar, cuando partimos a ese alejado pueblo de la sierra, dejando atrás el gélido frío que se está adueñando de Trujillo. En una cómoda van nos trasladamos a Sinsicap, un distrito de la provincia de Otuzco, en la sierra de la región la Libertad.
El motivo de este viaje es la celebración de la décima versión del Festival del Membrillo Ecológico, ocasión en la que retornan a su tierra los sinsicapinos residentes en otras ciudades del país y en el extranjero para compartir con sus familiares, y con sus paisanos que abrigan un cúmulo de tradiciones y leyendas.
La van deja atrás la ciudad de Trujillo, y enrumba por la carrera Industrial que desemboca en la vía de penetración a la sierra. Los primeros rayos solares del día se extienden entre los cañaverales de Laredo, de cuya fábrica emana una dulce fragancia.
Raudos pasamos por Quirihuac y Menocucho, tierra prodigiosa que se ha hecho famosa por sus deliciosas fresas, una fruta en torno a la cual también se organiza un festival.
Entramos a Simbal, con un radiante y abrigador sol que nos acompaña, y que le imprime, a esta localidad, un clima especial, por lo cual se ha ganado el calificativo de La Chosica Liberteña.
Hasta aquí hemos avanzado por una carretera asfaltada, de ahí pasamos a una polvorienta trocha carrozable que se abre paso, entre las minas de cal y las enormes rocas que arrastraron las avalanchas, tras lluvias torrenciales del fenómeno El Niño en 1983 y 1998.
El sol se eleva en el horizonte, mientras continuamos por esa estrecha y serpenteante carretera que se abre paso por los escarpados cerros de Collambay, en cuyas faldas los agricultores cultivan repollo, rabanito, lechuga, zapallos, camote y otras hortalizas.
Entre esas elevaciones geográficas, aparece imponente el cerro Orga, el apu tutelar de los capinos (así les dicen a los oriundos de Sinsicap), a cuya cima, desde las culturas precolombinas hasta nuestros días, las comunidades aledañas ascienden en diferentes temporadas con motivo de celebraciones especiales. Antes era para rendirle tributo y pedirle su protección, ahora lo hacen principalmente en el mes de mayo, a propósito de la fiesta de las Cruces, pues en su parte más alta se yergue uno de estos maderos dejado por los padres agustinos durante la Colonia, en su afán de extirpar las idolatrías.
Han pasado dos horas y hemos recorrido 62 kilómetros, hemos vencido la cuesta y estamos en una explanada, a 2,200 metros  sobre el nivel del mar. Lo primero que avistamos es una cruz que, cual guardián vigila la ciudad  que está al frente, en la parte baja, separada por una quebrada de un viejo cementerio. A un costado, en un extenso terraplén que hace las veces de un estadio, varios equipos de fútbol se disputan un sustantivo premio, entre vivas y aliento de los seguidores de uno y otro bando.
Más abajo se encuentra la catarata de Marto que en esta temporada no tiene agua, los mejores meses para apreciar su belleza son entre enero y mayo, cuando las lluvias son frecuentes. Ese paraje está revestido de misticismo y tradición, se dice que en tiempos pasados era escondite de las chucrunas (duendes mujeres de piel blanca) que en las madrugadas se paseaban por las calles; por eso colocaron la cruz a la entrada de la ciudad, con el afán de alejar los malos espíritus.
En la parte alta de Sinsicap está el mirador de Tudum, a donde vamos por un empinado camino, en pos de esas enormes rocas, inclusive con incisiones a manera de plano, aparentemente hechas por las antiguas civilizaciones.
Desde este paraje se domina la ciudad y todo indica que se trata de un lugar místico por la fuerte carga de energía que se percibe, característica que lo convirtió en un centro ceremonial y de rituales durante la presencia de las civilizaciones precolombinas.
En esta ruta cruzamos las parcelas en las que se cultiva las deliciosas manzanas, paltos, blanquillos y los famosos membrillos que han elevado la autoestima de los sinsicapinos, ya que propaló a nivel nacional el nombre de este pueblo.
Es la hora del retorno, abordamos la van con la satisfacción de haber conocido un retazo más de este ancestral pueblo, de influencia Moche y Chimú; pero sobretodo por haber compartido con su gente amable y querendona, que no duda en abrir las puertas de sus casas y ofrecer el calor de su hogar.

• La faja sara y los chullos
La fiesta está en su furor. En la plaza van vienen hombres y mujeres del centro poblado San Ignacio, quienes son los más vistosos por su singular vestimenta. Los varones llevan un colorido chullo tejido por expertas hilanderas. Cuando estos se colocan con una de las puntas a la altura de la frente indica que quien lo lleva está soltero, y los que lo llevan a los costados (por las orejas) ya son casados.
Por su parte, la mujeres llevan sus sombreros de paja y el afamado anaco, una falda tejida con lana de ovino, de colores enteros y generalmente oscuros. Esta prenda la ajustan con una faja que fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación, en mérito a su originalidad y antigüedad de la técnica utilizada en su confección.
La presidenta de la Asociación de Artesanas de Sinsicap, Primitiva Hernández Villanueva, comenta que su pueblo tiene una larga tradición en tejidos, por ello se organizaron para preservar este arte y su técnica, cuyos productos los ofertan en el mercado regional y nacional: chullos, fajas, alforjas, bufandas, manteles, rebozos, anacos, alforjas, etc. confeccionados a crochet, con telar de cintura y utilizando lana de ovinos.
El anaco (anaku) es una falda que se remonta a la época precolombina y cuyo plisado se hace con las uñas, muy característica en esta parte de la región, al igual que los chullos.
En su puesto también exhibe las fajas ‘sara’ y ‘pata’, trenzadas y un largo de cuatro. Ambas fueron declaradas patrimonio cultural de la nación en 2007. Estas las usaban los miembros de la élite inca, según las crónicas de Fray Martín de Murúa y Guaman Poma de Ayala (del siglo XVI). Ahora las emplean las mujeres embarazadas para sostener su vientre o fajar a su bebé; los varones la llevan en la cintura durante las duras faenas agrícolas.
Cada una tiene su propia simbología. La faja sara representa el maíz y la faja pata, al andén. Las mujeres de San Ignacio, a 3 mil metros sobre el nivel del mar, se ciñen la faja pata hasta los 15 años, y luego la sustituyen por sara, como lo hacían las collas del inca.
La diferencia entre una y otra es el tejido. La sara se mezcla con diferentes formas y colores, y la pata va directo. Pero, las dos demoran dos días en su confección, actividad que la comparten con el cultivo de la papa, oca, maíz, arveja, haba y sus animales domésticos.