Sinsicap: naturaleza, aventura y sosiego


Un cálido paraje del ande liberteño a pocos kilómetros de Trujillo.

Guido Sánchez Santur
 Son las 6 de la mañana. La ciudad no se termina de despertar, cuando partimos a ese alejado pueblo de la sierra, dejando atrás el gélido frío que se está adueñando de Trujillo. En una cómoda van nos trasladamos a Sinsicap, un distrito de la provincia de Otuzco, en la sierra de la región la Libertad.
El motivo de este viaje es la celebración de la décima versión del Festival del Membrillo Ecológico, ocasión en la que retornan a su tierra los sinsicapinos residentes en otras ciudades del país y en el extranjero para compartir con sus familiares, y con sus paisanos que abrigan un cúmulo de tradiciones y leyendas.
La van deja atrás la ciudad de Trujillo, y enrumba por la carrera Industrial que desemboca en la vía de penetración a la sierra. Los primeros rayos solares del día se extienden entre los cañaverales de Laredo, de cuya fábrica emana una dulce fragancia.
Raudos pasamos por Quirihuac y Menocucho, tierra prodigiosa que se ha hecho famosa por sus deliciosas fresas, una fruta en torno a la cual también se organiza un festival.
Entramos a Simbal, con un radiante y abrigador sol que nos acompaña, y que le imprime, a esta localidad, un clima especial, por lo cual se ha ganado el calificativo de La Chosica Liberteña.
Hasta aquí hemos avanzado por una carretera asfaltada, de ahí pasamos a una polvorienta trocha carrozable que se abre paso, entre las minas de cal y las enormes rocas que arrastraron las avalanchas, tras lluvias torrenciales del fenómeno El Niño en 1983 y 1998.
El sol se eleva en el horizonte, mientras continuamos por esa estrecha y serpenteante carretera que se abre paso por los escarpados cerros de Collambay, en cuyas faldas los agricultores cultivan repollo, rabanito, lechuga, zapallos, camote y otras hortalizas.
Entre esas elevaciones geográficas, aparece imponente el cerro Orga, el apu tutelar de los capinos (así les dicen a los oriundos de Sinsicap), a cuya cima, desde las culturas precolombinas hasta nuestros días, las comunidades aledañas ascienden en diferentes temporadas con motivo de celebraciones especiales. Antes era para rendirle tributo y pedirle su protección, ahora lo hacen principalmente en el mes de mayo, a propósito de la fiesta de las Cruces, pues en su parte más alta se yergue uno de estos maderos dejado por los padres agustinos durante la Colonia, en su afán de extirpar las idolatrías.
Han pasado dos horas y hemos recorrido 62 kilómetros, hemos vencido la cuesta y estamos en una explanada, a 2,200 metros  sobre el nivel del mar. Lo primero que avistamos es una cruz que, cual guardián vigila la ciudad  que está al frente, en la parte baja, separada por una quebrada de un viejo cementerio. A un costado, en un extenso terraplén que hace las veces de un estadio, varios equipos de fútbol se disputan un sustantivo premio, entre vivas y aliento de los seguidores de uno y otro bando.
Más abajo se encuentra la catarata de Marto que en esta temporada no tiene agua, los mejores meses para apreciar su belleza son entre enero y mayo, cuando las lluvias son frecuentes. Ese paraje está revestido de misticismo y tradición, se dice que en tiempos pasados era escondite de las chucrunas (duendes mujeres de piel blanca) que en las madrugadas se paseaban por las calles; por eso colocaron la cruz a la entrada de la ciudad, con el afán de alejar los malos espíritus.
En la parte alta de Sinsicap está el mirador de Tudum, a donde vamos por un empinado camino, en pos de esas enormes rocas, inclusive con incisiones a manera de plano, aparentemente hechas por las antiguas civilizaciones.
Desde este paraje se domina la ciudad y todo indica que se trata de un lugar místico por la fuerte carga de energía que se percibe, característica que lo convirtió en un centro ceremonial y de rituales durante la presencia de las civilizaciones precolombinas.
En esta ruta cruzamos las parcelas en las que se cultiva las deliciosas manzanas, paltos, blanquillos y los famosos membrillos que han elevado la autoestima de los sinsicapinos, ya que propaló a nivel nacional el nombre de este pueblo.
Es la hora del retorno, abordamos la van con la satisfacción de haber conocido un retazo más de este ancestral pueblo, de influencia Moche y Chimú; pero sobretodo por haber compartido con su gente amable y querendona, que no duda en abrir las puertas de sus casas y ofrecer el calor de su hogar.

• La faja sara y los chullos
La fiesta está en su furor. En la plaza van vienen hombres y mujeres del centro poblado San Ignacio, quienes son los más vistosos por su singular vestimenta. Los varones llevan un colorido chullo tejido por expertas hilanderas. Cuando estos se colocan con una de las puntas a la altura de la frente indica que quien lo lleva está soltero, y los que lo llevan a los costados (por las orejas) ya son casados.
Por su parte, la mujeres llevan sus sombreros de paja y el afamado anaco, una falda tejida con lana de ovino, de colores enteros y generalmente oscuros. Esta prenda la ajustan con una faja que fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación, en mérito a su originalidad y antigüedad de la técnica utilizada en su confección.
La presidenta de la Asociación de Artesanas de Sinsicap, Primitiva Hernández Villanueva, comenta que su pueblo tiene una larga tradición en tejidos, por ello se organizaron para preservar este arte y su técnica, cuyos productos los ofertan en el mercado regional y nacional: chullos, fajas, alforjas, bufandas, manteles, rebozos, anacos, alforjas, etc. confeccionados a crochet, con telar de cintura y utilizando lana de ovinos.
El anaco (anaku) es una falda que se remonta a la época precolombina y cuyo plisado se hace con las uñas, muy característica en esta parte de la región, al igual que los chullos.
En su puesto también exhibe las fajas ‘sara’ y ‘pata’, trenzadas y un largo de cuatro. Ambas fueron declaradas patrimonio cultural de la nación en 2007. Estas las usaban los miembros de la élite inca, según las crónicas de Fray Martín de Murúa y Guaman Poma de Ayala (del siglo XVI). Ahora las emplean las mujeres embarazadas para sostener su vientre o fajar a su bebé; los varones la llevan en la cintura durante las duras faenas agrícolas.
Cada una tiene su propia simbología. La faja sara representa el maíz y la faja pata, al andén. Las mujeres de San Ignacio, a 3 mil metros sobre el nivel del mar, se ciñen la faja pata hasta los 15 años, y luego la sustituyen por sara, como lo hacían las collas del inca.
La diferencia entre una y otra es el tejido. La sara se mezcla con diferentes formas y colores, y la pata va directo. Pero, las dos demoran dos días en su confección, actividad que la comparten con el cultivo de la papa, oca, maíz, arveja, haba y sus animales domésticos.

Peregrinaje al Señor Cautivo de Ayabaca

“Desde lejos he venido, desde lejos he venido, para ver a mi Cautivo, para ver a mi Cautivo” … “Gracias Cautivo, gracias Señor, por habernos hecho llegar a ti”… “Por tu día Señor Cautivo, te deseamos felicidades” …
Estas son algunas frases de las decenas de coros que con furor se escuchan contagiantes en la iglesia, en la Plaza de Armas y en las estrechas calles de Ayabaca, esa andina ciudad de la región Piura, convertida en un verdadero santuario místico. Aquellas melodías, generalmente, son música de pasillos (ecuatorianas) con letra compuesta y adaptada para dedicarla al Señor Cautivo, y que la misma Iglesia ha compilado en un CD con 90 temas para ofertar a los devotos. El día central de la festividad es el 13 de octubre, pero se celebra durante todo el mes.
Hasta esta localidad, este año, arribaron alrededor de 80 mil seguidores del Señor Cautivo, entre peregrinos y devotos, en pos de un milagro o para agradecerle alguna gracia concedida, que son muchas, las que unos las gritan a viva voz ante la sagrada imagen y otros las guardan contritos en su corazón, pero que no pueden ocultarla cuando le dirigen su mirada directamente a su rostro, mientras unas velas o cirios se derriten y dejan discurrir su incandescente cera entre sus manos, sin que ellos hagan ningún gesto de dolor.
Es tanta la fe al Señor Cautivo que el dolor y el sacrificio se ha convertido en el mejor regalo de sus devotos y peregrinos. La cera derretida entre los dedos es la parte final, previamente muchos han debido hacer un largo peregrinaje de cientos de kilómetros para llegar a esta nueva tierra santa. Había algunos que emprendieron su caminata en junio y julio desde Arica (Chile), Tacna e Ica, y otros de otras ciudades más cercanas en fechas posteriores. El recorrido más largo es de 2,500 kilómetros, desde frontera sur al norte.
Estos peregrinos, vestidos con su manto morado, suelen llevar una imagen del Señor Cautivo entre sus manos o cargar una cruz, cuyo peso se aligera con una pequeña rueda, en uno de sus extremos, la misma que también impide que la madera se deteriore.
Claudio Quiroz Flores, vicepresidente de la Hermandad de Chulucanas, lleva 18 años de peregrinaje y dice que este sacrificio no es nada comparado con el milagro que le hizo el Señor Cautivo (curación de su madre que tenía los pies y manos inmovilizados, a quien no sanaban los médicos ni los curanderos).
“Los médicos me dijeron que espere lo peor, sin embargo después de frotar el algodón y darle varios remedios caseros sanó como un relámpago, fue un milagro. Desde entonces decidí caminar hasta el Cautivo Moreno me lo permita”, añade. Reconoce que en el camino hay mucha gente solidaria que les provee agua, frutas y alimentos que ellos consumen al paso porque no pueden llevar tanto peso. Tampoco suelen llevar dinero porque también tienen encuentros con delincuentes, pero sobretodo porque se trata de un peregrinaje.
En este trayecto, los caminantes de la fe no solo llevan consigo sus peticiones, sino que su esfuerzo sirve para derramar su fe sobre otras personas que padecen algún mal y no pueden llegar hasta Ayabaca para contársela al Señor Cautivo. Estos frotan un trozo de algodón en la parte donde se concentra su dolor y lo entregan a los peregrinos para que estos hagan lo propio en el manto de la imagen, o les encargan fotos, dijes u otros objetos menores.
Mauricio de la Cruz, un taxista trujillano, asegura no conocer directamente al Señor Cautivo, pero el año pasado padecía un intenso dolor al estómago y estaban a punto de practicarle una cirugía, hasta que un día se topó con unos peregrinos, a los que, compadecido de su esfuerzo, les ofreció unas refrescantes bebidas, mientras ellos le contaban la fuerza milagrosa de su fe, y se ofrecieron llevarle ese algodón. Con sorpresa, Mauricio, revela que después del día central de la fiesta, la dolencia desapareció.
El sacrificio no termina con esa larga caminata, sino que algunos al llegar a la entrada de la ciudad, se inclinan, remangan su pantalón e inicia su desplazamiento de rodillas o arrastrándose, con la fotografía de la persona beneficiada con el milagro (hermano, madre, padre o hijo) y su pesada mochila en su espalda; entre ellos encontramos varones, mujeres, niños, jóvenes y adolescentes.
Pero este dolor es amenguado con los cantos de los improvisados músicos que, con sus tambores, guitarras, trompetas, charangos, acompañan a estos creyentes y panderetas, acompañan ese recorrido; aunque eso no impide que ante tanto dolor muchos visitantes dejen escapar sus lágrimas; y les ofrezcan una bebida reconfortante.
Así llegan hasta la puerta del templo donde se yerguen para ascender por las escaleras y besar o envolver su rostro con el manto del “Cautivito”. Este es el momento de mayor plenitud para un devoto o peregrino, es el instante en que dejar escapar sus oraciones y deseos más profundos, acompañados de lágrimas, a la vez que frotan los algodones, fotos, dijes; otros esparcen le fragancias y lociones.
Una vez cumplida la promesa retornan en repletos camiones. Esta es la movilidad “oficial” de los peregrinos porque no tienen el suficiente dinero para sufragar el costo elevado de un pasaje en bus, pero lo importante es la satisfacción del haber estado ante “su Negrito”.
LA PROCESION
Otros han decidido que su promesa termina luego de participar en alguna de las multitudinarias procesiones del 12, 13 o 14 de octubre, lo cual incluye cargar la imagen o solo acompañarlo en su recorrido.
Antes de la procesión el mismo obispo de la diócesis de Chulucanas, Daniel Turley  Murphy, oficia la misma en el frontis de la iglesia, mientras los feligreses escuchan en una plaza repleta, entre los que se avistan niños en hombros de sus padres, soportando el intenso sol, pero sin dejar de avivar, cantar, aplaudir y agitar las imágenes que llevan consigo hasta que llega el momento de la comunión cuando al menos 10 sacerdotes se internan entre la multitud para llegar hasta los que están aptos a recibir el “cuerpo de Cristo”.
Otro desborde de emociones se desencadena al momento que el sacerdote procede a bendecir las decenas de imágenes, agua y otros objetos, tras lo cual la imagen parte en hombros de los miembros de las hermandades que se han inscrito para tener la dicha de cargarla. El 12 sale precedida por la Virgen del Pilar, el 13 el Cautivo solo y el 14 nuevamente, pero sólo para ser venerado por los lugareños.
La concurrencia es tanta que del piso del templo y de los candelabros  este año se recogieron al menos 55 quintales de cera derretida, labor que se cumple a cada momento para evitar la excesiva concentración.
• EL SIGNOD E LA FE
De regreso a casa, mientras saboreo un bocadillo (dulce típico preparado con chancaca y maní tostado), por la ventana del bus admiro ese paisaje que se abre paso a los costados de la serpenteante carretera, trazada entre los escarpados cerros que llegan hasta los 3990 m.s.n.m.; pero no puedo apartar de mi memoria esas imágenes de rostros llorosos, codos y rodillas sangrantes, labios resecos y rostros compungidos, y niños contritos, con vinchas en sus cabezas, aplaudiendo y cantando incesantemente, sin importarles el frió, ni el calor, ni esas largas colas.
¿Por qué tanto sacrificio? Esta vez entendí que ese esfuerzo es el signo de la fe. El monseñor, Daniel Turley  Murphy, explica que este sacrificio no lo pide ni lo exige la iglesia, es voluntario y espontáneo, brota del corazón de los fieles. “Ellos quieren hacer algo sobrehumano, pero ofrecido al Señor Jesucristo, porque él también hizo mucho por ellos: ofrendó su vida para salvarnos del pecado, y ahora quieren devolverle ese amor, y eso es maravilloso”. Aunque advierte que los niños sufren demasiado.
Lo que más me sorprendió es que quienes hacen el mayor sacrificio no son los que llegan a pedir un favor, sino aquellos que retornan a cumplir su promesa por el milagro concedido. Una verdadera expresión de gratitud.

MAS INFO

Para llegar hasta Ayabaca es necesario desplazarse de Trujillo a Piura (seis horas), las empresas que cubren est ruta son Línea, Emtrafesa, Itssa, El Dorado y otras. Entre Piura y Ayabaca hay una distancia de 230 kilómetros (seis horas), por una carretera que tiene un tramo asfaltado y otro que está a nivel de afirmado. Las empresas de buses son Poderoso Cautivo, Las Vegas y otras unidades que salen del terminal Castilla. En esta temporada aumentan el costo de los pasajes de 25 40 soles, lo mismo pasa con los pocos hoteles y hostales que quedan totalmente copados, por lo cual toda la ciudad se convierte en un hospedaje; pues la mayoría de ayabaquinos abre sus puertas de par en par para dar abrigo a peregrinos y devotos, inclusive otros duermen en la Plaza de Armas y en el exterior e interior del templo.
Una buena nueva que se llevaron los devotos este año es que ya se cuenta con el terreno donde se construirá el moderno santuario del Señor Cautivo, cuya inversión se estima en 3 millones de soles. Ese local tendrá tres pisos, y contará con un museo en el que se exhibirán los mantos, joyas y demás pertenecías de la sagrada imagen.

Yanasara, un paraje de aventura y descanso

• Curativas aguas termales acogen a visitantes.

Guido Sánchez Santur
sasagui35@gmail.com

El intenso frío de la madrugada en la andina ciudad de Huamachuco no fue obstáculo para levantarme temprano. Había una razón de peso: llegar al anexo Yanasara para zambullirme en sus aguas termales a fin de reponer las energías y eliminar el síntoma de cualquier achaque.
A las 6 de la mañana estaba en el asiento delantero de la combi que en medio de una polvareda dejó atrás la patriótica ciudad de Huamachuco y enrumbó, a través de una estrecha carretera afirmada, entre un bosque de eucaliptos, de cuyas hojas se desprendía una agradable fragancia.
Un extenso y verde paisaje se abre paso ante nuestros ojos, bajo un cielo azul orlado con blanquecinas nubes y un abrigador sol que ya había extendido sus abrigadores rayos.
“Dime tú qué flores quieres del campo…..dime que quieres mi vida para entregarme tu amor…dime tú si quieres mi vida que yo te la doy…”. El conductor ha encendido su equipo de música para alegrar la travesía con una selección de temas del afamado cantautor otuzcano, Víctor Manuel Benites.
Hemos pasado las atractivas minas de cal que están a un costado de la carretera, y tenemos al frente la extensa laguna Sausacocha (a 6 kilómetros de Huamachuco), con sus 172 hectáreas de espejo de agua, en cuyo contorno crece la totora, donde anidan patos, patillos, pollas de agua y otras aves acuáticas. A lo lejos se observan los botes en los que se pasean los visitantes, y las piscigranjas de truchas.
Vamos en un carro, pero el viaje empieza a convertirse en una aventura. Se abren paso enormes abismos, entre los que fue trazada la carretera, y que de lejos parece una serpiente que se desprende entre los cerros.
De trecho en trecho se cruzan hatos de ovejas en busca de pasto, y campesinos ataviados con sus trajes típicos (de múltiples colores, ponchos y sombreros), que se dirigen a sus chacras, las que a los lejos parecen dameros con cuadrículas o rectángulos.
El descenso es lento hasta la confluencia de los ríos Curgos y Chusgón, que en esta temporada permanecen sin caudal, y dejan apreciar una extensa playa blanca. Desde la parte baja se observa hacia arriba los terrenos aluviales, por donde discurren fuertes avenidas que arrastran grandes cantidades de lodo, durante la temporada de lluvias (noviembre a marzo).
Este es un cálido paisaje, ubicado en el distrito de Curgos, a casi dos horas de Huamachuco, que alberga las prodigiosas aguas termales de Yanasara, y muy cerca la ex hacienda Pinillos.
Ya estamos en los baños termales, donde el vapor deja escapar la bruma al contacto con el frío. Cancelamos el valor del ticket (tres soles) y nos abrigamos en las pozas que contienen las cálidas aguas naturales que afloran de la base del cerro contiguo.
Debido a la masiva concurrencia en algunas temporadas, a veces se debe esperar varios minutos para ingresar, tiempo que aprovechamos para recorrer el entorno, como la ex hacienda, el vecindario y claro, probar el exquisito cuy frito con trigo, entre otros potajes preparados por diligentes mujeres campesinas.
Los estudiosos aseguran que estas aguas contienen propiedades curativas, gracias a los minerales que contienen.
Este servicio es administrado por la comunidad organizada, a iniciativa del extinto sacerdote Jaime Garí Barceló, uno de los grandes impulsores del turismo en este distrito, aprovechando el atractivo de las aguas termales.
Existen dos baterías de pozas en óptimas condiciones donde ingresan los turistas a tomar el correspondiente ‘baño curativo’; pero también hay dos piscinas (una de adultos y otra de niños), en las que se puede pasar más tiempo en el agua.
Si alguien desea pernoctar no tiene inconvenientes, pues hay un hospedaje y un restaurante, acondicionado con canchas deportivas y juegos recreativos para los niños. Por eso, es frecuente observar a grupos de familias que llegan a este paraje para pasar fines de semana o feriados largos.
Tras ese reparador baño nos queda la tarde entera para aproximarnos al lado norte, donde aún quedan restos de lo que fue el camino inca que comunicaba a Cajamarca con el Cuzco, a la sombra del imponente cerro Huaylillas.
Pasado el mediodía emprendimos el retorno a Huamachuco en la combi que nos llevó, con la misma música de remembranza y sorteando, otra vez, aquella estrecha y polvorienta carretera que algún día debe ser ampliada y asfaltada. Este sitio es parte de ese mosaico de atractivos naturales e históricos que posee la provincia Sánchez Carrión y que nos invitan a volver una y otra vez.

Los imponentes castillos de Virú


Guido Sánchez Santur
sasagui35@gmail.com

El territorio de La Libertad está regado de vestigios históricos. En cada provincia encontramos evidencias de las diversas culturas que florecieron en épocas distintas. En Virú, a escasos 45 minutos de Trujillo, se encuentran restos arqueológicos que revelan la evolución cultural de las antiguas civilizaciones del norte peruano.
La evidencia más enigmática está en Queneto con sus plazuelas diseñadas con pesadas piedras talladas. Y en la parte central de la plaza principal se yergue imponente una roca alargada que los estudios la denominan “menhier”.
De una época posterior son los monumentos de adobe construidos sobre elevaciones geográficas (cerros). Algunos investigadores señalan que estas edificaciones estuvieron estratégicamente ubicadas y desde donde los vigías se comunicaban entre sí, avisando de alguna amenaza enemiga u otra noticia de los sucesos de estos reinos.
Son ocho los sitios arqueológicos con esta característica: el Cerro Queneto, Saraque, Napo, Virú Viejo, Santa Clara, Huaca Larga y los castillos de Tomabal y Huancaco. El arqueólogo Santiago Uceda sostiene que los cerros tuvieron una fuerte connotación en la mitología costeña de los moches.
Desde cualquiera de estas construcciones antiguas se observa a las otras, extendidas a lo largo del valle Virú, donde ahora los agricultores cultivan arroz, maíz, frutales y caña de azúcar.
Un poblador de la zona refiere que en la década del 70, después del terremoto que azotó la región, la agricultura quedó diezmada y la pobreza empezó a azotar a las familias. Pero el movimiento sísmico también había agrietado y derrumbado las estructuras de las principales construcciones pre incas, dejando a la vista valiosas piezas de cerámica que los lugareños recogían y las ofrecían al mejor postor.
Casi toda la población se dedicó a extraer esta riqueza arqueológica porque su venta se convirtió en atractivo negocio. Dizque conocidos personajes trujillanos llegaban con maletines llenos de dinero para comprar los objetos (de oro, plata y cerámica) que luego los vendían a coleccionistas nacionales y extranjeros.
• CASTILLO DE TOMABAL
Tomabal es una construcción de la época Gallinazo. Tiene cinco plataformas superpuestas en forma piramidal, cuya base está cimentada en piedra y adobe y data de 400 años a.C. hasta 200 años d.C. cuando empieza la cultura Moche. Posee cerámica, cementerios, pintura mural, nichos empotrados y el algarrobo es usado en los dinteles de las edificaciones.
El investigador Cristobal Campana, en su libro La Cultura Mochica (1994) lo describe como una construcción de adobe entretejida con varas de algarrobo, sobre una colina rocosa y un pórtico de grandes dimensiones.
La presencia de rampas y caminos laterales, adobe, pintura, estructuras centrales, ingresos y el acabado de sus construcciones indican la importancia del castillo.
El adobe utilizado es de tipo Gallinazo elaborado en gaveras de piedra (se deduce por las líneas que tienen) en contraste con la gavera de carrizo utilizadas anteriormente.
Los primeros hallazgos identificados en la década del 40 están en el Museo Larco Herrera en Lima. La característica de estos hallazgos tiene similitudes con la cultura Cupisnique.
Las paredes estuvieron adornadas con figuras geométricas en alto relieve. Muestras de éstas se encuentra guardadas en lo que será el Museo de Sitio de Tomabal. Ahí mismo se alberga la hermosa y delicada cerámica ornamental y religiosa salvada de la amenaza de  los "huaqueros", entre los que destacan los cántaros intactos que fueron excavados, en los que guardaban chicha. Este es el mejor testimonio de la grandeza de esta cultura. Además hay osamentas de las tumbas aledañas a la arquitectura del Castillo.
El Castillo de Tomabal fue reconocido como monumento arqueológico mediante la ley Nº 24047.
El rescate de este legado arquitectónico se inició con las investigaciones por parte de un equipo de arqueólogos financiados con recursos del Proyecto Especial Chavimochic en convenio con el Instituto Nacional de Cultura (INC), durante la construcción del Canal Madre.
Estos estudios permitieron recabar valiosa información sobre la arquitectura, cerámica y costumbres de sus edificadores. Entre los restos de una tumba Moche, en 1993, se encontró una maqueta de muy fino tallado en madera de algarrobo que representa a unos de esos templos.
Es impresionante apreciar los restos de las murallas que protegieron el castillo de los ataques enemigos. Son muy elevadas y algunas llegan hasta el nivel del mismo cerro.
Campana dice que a este castillo lo constituyen “un grupo de pirámides” conocido como Huancaco, una de cuyas construcciones tiene más de 18 metros de alto.
A partir de 1998 se desarrolló un proyecto de excavaciones a cargo del estudioso canadiense Steve Bourget y el arqueólogo trujillano Heysen Navarro, cuyos resultados fueron valiosos para conocer la importancia de esta cultura.
Tales los trabajos consistieron en el levantamiento de planos con un teodolito electrónico y la constatación de la arquitectura que permitió identificar la existencia de 46 ambientes intercomunicados a través de pasadizos, escalinatas y corredores en zig zag. Muy novedosas para la época. Esto difiere en algo con las características de las construcciones de origen Moche.
Todo indica que se trata de un edificio de élite y mucho lujo, lo cual se deduce también por el tipo de cerámica ceremonial existente (platos) en los que se habría colocado ofrendas durante las celebraciones rituales.
Otro atractivo son los indicios de murales encontrados en algunas paredes. Los colores comunes son el blanco y hasta cuatro tonalidades del rojo, amarillo, azul verdoso, negro azabache y negro brilloso.
Esas investigaciones reforzaron la necesidad de preservar y poner en valor este monumento que se constituye en uno de los importantes atractivos turísticos del valle Virú. Un verdadero reto para las autoridades y la comunidad.

Un día con la santísima Cruz de Motupe

Por: Guido Sánchez Santur
sasagui35@gmail.com

Desde niño escuché hablar de la milagrosa Cruz de Motupe, sagrado madero que se venera en el distrito de Motupe (Chiclayo, Lambayeque) desde 1866, tras ser tallada por el fray Juan Agustín de Abad. Mis padres y vecinos hablaban con mucho respeto y devoción cuando se referían a esta imagen, similar a cuando mencionaban al Señor Cautivo de Ayabaca, atribuyéndoles poderes superiores, los que sustentaban con numerosas historias de milagros.
Eso despertó mi curiosidad y me empeñé en conocer ese ya mítico lugar, pero no lo hice hasta esta semana que me conté entre los miles de feligreses que iban y venían ansiosos por tocar el milagroso madero, aprovechando la celebración de su fiesta central, que se inicia el 2 de agosto y se prolonga hasta el día 14 del mismo mes.
Hemos arribado la mañana del día 3 de agosto y la sagrada cruz ya se encuentra en la capilla del caserío Zapote, donde se aprecia una larga cola de feligreses que avanzan lentamente para cumplir con su promesa de dejarle una velas y elevarle sus rogativas de agradecimiento por los favores concedidos o para pedirle un milagro: la recuperación de bienes perdidos, la consecución de un trabajo, la sanación de una enfermedad incurable y una infinidad de males a los que se les busca una solución sobrenatural.
“Conozco el testimonio de un amigo de Tacna que tenía un hijo enfermo al que los médicos no le encontraban la cura, hasta que llegó aquí y sanó por un milagro. Al año siguiente vi al menor que vino caminando. Estos son hechos que demuestran la fe de la gente que le pide de corazón a Dios. También hay favores que a la gente humilde le ha concedido, como abundancia en la cosecha”, relata el párroco, un motupano de pura cepa y, por ende, jocoso y dicharachero. Nos detalla que muchos creyentes vienen de diferentes ciudades del país y del extranjero, por eso la gente de aquí se prepara durante el año para recibirlos.
La fila continúa interminable, pese a que a las 11 de la mañana, la sagrada imagen será sacada al patio, donde se habilitó un estrado para la celebración de la misa. Desde aquí, el sacerdote dirige su homilía, en la que reflexiona sobre la necesidad de que cada uno sea coherente entre sus peticiones y sus actos.
Terminada la misa, el sacerdote procede a bendecir con agua bendita la funda de la cruz, donada por un devoto, como todos los años. Ahí mismo consagró las réplicas, imágenes, cuadros y los recuerdos alusivos al sagrado madero que levantaban en alto los devotos.
Después de la misa, la cruz regresa al templo, y una hora después, ya en su reluciente funda de plata que recién estrena, es llevada en hombros con destino al centro poblado Salitral, donde la esperan sus devotos para recibirla al son de la marinera, exhibición de caballos peruanos de paso y fulgurantes fuegos artificiales. La procesión llega cinco horas después.
Un día antes, el 2 de agosto, había sido descendida de su gruta, que se ubica en el cerro Chalpón, a través de un empinado y peligroso tramo, cuyo avance se aligera, gracias a las escaleras construidas para facilitar el acceso.
El aposento de la santísima cruz es un gran santuario, donde la gente no cesa de prender velas y rezar, no sólo en esta temporada de fiesta, sino todo el año. Se estima que durante los 12 meses arriban al menos 500 mil visitantes, quienes dejan, impregnadas en la roca, fotografías de niños y adultos, hombres y mujeres que esperan un milagro, algodones y cartas con peticiones; inclusive, decenas de placas de quienes colaboraron para construir esta morada de concreto.
El regreso es alentador, con el espíritu en calma, luego de la promesa cumplida y el camino en descenso, el trayecto más sosegado. Al pie del cerro Chalpón dos niños recogen el agua ‘milagrosa’ de una vertiente y la venden a los devotos. Mientras que a lo largo del camino los viandantes nos ofrecen variados dulces, frutas, imágenes, recuerdos, música y videos. Me llama especialmente la atención la venta de una pomada de grasa de iguana, en casi todas las esquinas, y para hacer más llamativa la oferta los ‘curanderos al paso’ tienen algunos ejemplares del reptil sacrificados.
• DÍA CENTRAL
De Salitral, el 4 de agosto, la cruz fue llevada en otra procesión hasta Motupe, donde la esperaron con algarabía, pues su ingreso triunfal, alrededor de las 5 de la tarde, ocurrió entre repiques de campanas, detonación de cientos de cohetes, bombardas y aplausos de los miles de pobladores que se congregaron para darle la bienvenida y acompañarla hasta el templo San Julián. Aquí descansó y quedó lista para los festejos centrales que se celebraron el jueves 5, con una misa, procesión hasta la madrugada, serenata y bailes sociales.
A las 7 de la noche del viernes salió otra vez en procesión por las calles de Motupe, luego retornó al templo para su veneración hasta el 14 de agosto, cuando se celebra la misa de despedida en el parque principal, de donde parte a Zapote, pasando por Salitral, de donde ascenderá a su gruta. Aquí queda hasta febrero del año siguiente, fecha de su fiesta de medio año, cuando otra vez baja al templo del pueblo para ser venerada por sus devotos.
EL DATO

Historia de su hallazgo

La devoción a la Santísima Cruz de Motupe se inició el año 1860, cuando Fray Juan Agustín de Abad, de la orden franciscana, habitaba en el Cerro Chalpón, recogido en oración, en pos de alcanzar la santidad. Era frecuente que recorriera las calles de los pueblos aledaños, donde celebraba misas, bautizaba y rezaba el Santo Rosario, hasta que un día partió sin dejar rastro alguno.
Previamente comunicó a la gente que en el cerro Chalpón, Cerro Rajado y Cerro Penachí, dejaba cruces de grandes dimensiones labradas por él en árbol Guayacán, las mismas que deberían ser halladas y consideradas protectoras del lugar. Muchos buscaron, pero no las hallaron hasta que el 13 de octubre de 1866 llegó la noticia del fallecimiento del sacerdote, víctima de la Uta.
Luego prosiguió la búsqueda y el 5 de agosto de ese mismo año, el joven cuyo José Mercedes Anteparra Peralta, encontró la Santísima Cruz en la cumbre del cerro Chalpón, incrustada en una gruta o cueva, tras lo cual el obispo de Trujillo lo nombró primer mayordomo, responsabilidad que asumió hasta su muerte el 10 de abril de 1921.