Malecón 2000, una ilusión frente al mar

Guido Sánchez Santur
sasagui35@gmail.com

Recorrer los 2,5 kilómetros de ese acondicionamiento urbanístico-turístico es una grata experiencia, no sólo por los diseños arquitectónicos, las tiendas, restaurantes, sino por la sensación y satisfacción que uno siente de saber caminando sobre un espacio recuperado del olvido y que se yergue como ejemplo para cualquier urbe latinoamericana.
El Malecón 2000 o Simón Bolívar se ha convertido en un pilar histórico de Guayaquil (Ecuador), ya que a partir éste monumento arquitectónico se expandió su crecimiento e influyó en el desarrollo y embellecimiento de la ciudad, lo cual se ha convertido en orgullo de los guayaquileños.
Este espacio es un paisaje singular y constituye el corazón de la ciudad, por eso nadie que visite Guayaquil puede dejar de visitarlo. El malecón está dividido en tres sectores, cada uno de ellos con una vista diferente, a través de los cuales los caminantes hallan posibilidades de recreación y esparcimiento para todos los gustos y edades.
Entre las áreas recuperadas y que son la admiración de los visitantes encontramos el Mercado Sur (durante 90 años funcionó como tal, data de 1907) o Palacio de Cristal, es transparente y luce una estructura de hierro forjado con estilo colonial. En su cara interior se aprecian paredes de vidrio que permiten ver la edificación como una enorme caja de cristal. A pocos metros se encuentran locales de artesanía ecuatoriana y el Club de la Unión fundado en 1869, el más antiguo de la ciudad.
Una vista especial presenta la Plaza Olmedo, donde destaca el monumento al poeta Joaquín Olmedo, primer alcalde de Guayaquil. Este es uno de los lugares más visitados por su explanada que acoge a todas las expresiones artísticas y culturales, así como la pileta de colores y una base alegórica.
Enseguida está el Centro Comercial Malecón, inspirado en temas náuticos y portuarios porque en el pasado aquí atracaban los barcos con los productos que llegaban y salían de la ciudad. Como una pintura abstracta, quienes miran la construcción tienen su propia interpretación de las formas. Los cuatro segmentos de esta construcción, en la fachada que da al mar, están diferenciados por colores (naranja en los extremos, rojo y verde en el centro) en tonos fuertes, similares a los de los barcos para que sean visibles en el mar. Por eso, desde el río parece que a ese lado del malecón han llegado cuatro grandes naves. Frente a cada puerta hay estructuras de hierro que semejan los mástiles de un barco. Eso nos remite a los dos tipos de velas instalados: unas con techos de lona colgadas con cables y otras ondulantes de hierro.
En el tercer nivel centro comercial está la terraza y el patio de comidas con restaurantes. Este es otro de los sitios muy concurridos, pues se disfruta comida rápida y platos típicos de la gastronomía ecuatoriana, mientras se observa el discurrir del río y la isla Santay, una de las reservas ecológicas de la ciudad.
La Plaza Cívica en torno al tradicional monumento de La Rotonda, que recuerda la entrevista que sostuvieron los libertadores Simón Bolívar y José de San Martín, junto a la galería de los Guayaquileños Ilustres. Fue inaugurada el 9 de octubre de 1999 y está dedicada a las expresiones cívicas más importantes de la ciudad, pues ahí permanecen otros monumentos como el Hemiciclo de la Rotonda, una columna de mármol blanco de carrara e iluminada interiormente, placas de batallas independentistas, etc. Los bronces fueron modelados y vaciados en Barcelona (España) y los relieves de las placas fundidos en Florencia (Italia), en 1937.
La Torre del Reloj o Morisca, inaugurada el 24 de mayo de 1931, es de estilo árabe bizantino, con policromados, cúpula de escamas color verde, planta octogonal y una altura de 23 metros. Está ubicada entre las calles Malecón y 10 de Agosto, frente al municipio de la ciudad. El obelisco es otro monumento que se encuentra semisumergido y da la impresión de estar en una fosa. Destaca la aurora gloriosa al 9 de Octubre de inspiración de José de Olmedo. Los colores son los mismos usados en la bandera de Guayaquil.
Otro escenario destacable es el área de juegos con la Plaza del Vagón, donde admiramos la réplica de un vagón de ferrocarril habilitado como espacio de exposiciones, al cual de accede a través de un andén de espera con una pérgola. Este lugar posee lugares de descanso y sombra. Tambien hay juegos para niños, una pista de patinaje; además de cafeterías, comidas y servicios higiénicos. Al centro hay una pileta de hierro fundido con juegos de luces de colores. Esto se complementa con una jardinería colorida, parqueos, plazas y el Museo de Guayaquil. Realmente un mosaico que atrae a miles de turistas.
BARRIO LAS PEÑAS
Se le conoce como el barrio más importante de Guayaquil, pues sus casas tienen una antigüedad promedio de 100 años con características arquitectónicas que se remontan a los siglos XVIII y XIX, en lo cual radica su belleza y valor patrimonial.
Cada casa tiene su propia historia, ya que aquí vivieron personajes ilustres de la política y la cultura ecuatoriana, entre ellos Ernesto Che Guevara. En el siglo XVIII fue un barrio de clase media, pero el incendio de 1896 arrasó con todo, por eso en el siglo XX fue reconstruida su arquitectura original.
A la fecha este lugar destaca pro estilo arquitectónico particular, como la calle Numa Pompilo Llona y las casas junto al río que lo convierten en un llamativo y nostálgico escenario de reuniones amicales.
CERRO SANTA ANA
Muy próximo está el cerro Santa Ana, al noreste de la ciudad, junto al río Guayas. Abarca una superficie de 13,5 hectáreas en las que se desarrolló un proceso de regeneración urbana para beneficiar a su población.
Antiguamente se le llamó Cerro Verde y es el sitio donde se originó la ciudad y se fundó definitivamente en 1547. Ahí encontramos restaurantes, cafés, galerías de arte y tiendas de artesanía.
Su más importante atractivo es la vista de la ciudad de Guayaquil desde la parte alta, a donde se llega luego de subir 444 escalones numerados, a cuyo paso visitamos la plaza mirador El Fortín, el punto más elevado donde están el faro, la Plaza de Honores, el Museo Abierto, capilla de Santa Ana y el cuartel que vigila la Plaza.

Puerto Morín, un paraíso para el kiteboarding

La apasionante experiencia de lidiar con viento

Guido Sánchez Santur
sasagui35@gmail.com

“Si ves que la arena se mueve, coge tu kite y corre”, dice muy emocionado, Luis Manasés Saldaña, al bajar del auto y observar la extensa playa en puerto Morín (Virú, La Libertad). Él se quedó extasiado al comprobar la fuerza del viento que golpeaba con características propicias para practicar su deporte favorito: el surfing o kite surf, llamado también kiteboarding o flysurfing.
Su expresión de satisfacción era comprensible porque hace meses estaba buscando escenarios como éste, en el norte del Perú hasta Ecuador. En la playa de Huanchaco pasó días enteros esperando que corra viento para elevar su kite, pero nunca llegó.
Por eso, cuando le hablé de Puerto Morín, a 45 minutos de Trujillo, no dudó y enrumbamos hasta ahí para comprobar la intensidad del viento, puesto que el kitesurfing es un deporte de deslizamiento que consiste en el uso de un cometa de tracción (kite) que estira al deportista (kiter), a través de cuatro o más cuerdas, dos están fijas a la barra y las otras pasan por el centro de la barra y se sujetan al cuerpo mediante un arnés, permitiendo deslizarse sobre el agua con una tabla ó un esquí del tipo wakeboard.
Rápidamente, se puso su traje y armó el kite. Empezamos a las 10 de la mañana y el viento agitaba más a medida que avanzaba la hora. Eso hacía más interesante la experiencia.
Entonces empezó a fluir la adrenalina, mientras Manasés, sostenido por Willam Dávila, luchaba por dominar el kite impulsado por el viento. Así trajinó casi dos horas, pero no pudo ingresar al mar porque la fuerza del viento es mayor a la esperada y el equipo era demasiado grande, lo cual ponía en peligro la integridad física del deportista.
Al término de esta faena quedó convencido que puerto Morín es un paraíso para los amantes del kiteboarding, por eso no se extrañó cuando los lugareños relataron que regularmente llegan “unos gringos” a practicar este deporte, y se quedan varios días.
Manasés Saldaña destacó la importancia de puerto Morín para desarrollar esta actividad porque tiene acceso fácil, cómodo y seguro, con un impresionante panorama del desierto, calmo y soleado, que se complementa con la extensa sábana verde en que se ha convertido el desierto de Virú, gracias al proyecto Chavimochic que impulsó esa creciente agroindustria.
Asegura que Puerto Morín es una bahía de privilegiada geografía, protegida por una punta que forma el Cerro Negro y que sirve de rompeolas natural. Esto le dota al balneario de un mar calmo, ya que corta los vientos del sur de una manera especial, de tal manera que los convierte en constantes con una velocidad de entre 9 y 20 nudos.
“Estas condiciones, sumadas a un mar de exquisito color azul verdoso contrastan con las arenas rubias y finas de la playa, convirtiéndola en un paraíso como destino abierto a la libertad”, comenta. Añade que Puerto Morín tiene muchas ventajas, en comparación con Lobitos (Talara), ya que el primero no tiene olas, lo cual favorece el desarrollo de todas las fases del entrenamiento del kite y el wind surf, que pueden ser practicados por los mayores de 12 años.
“Los vientos suaves empiezan a soplar desde muy temprano e incrementan su fuerza cerca del mediodía. Y en horas de la tarde marca una gran diferencia a favor de puerto Morín, al igual que su gente amable y que ofrece una gastronomía tradicional de muy buena calidad. Es un apacible lugar digno de comparar y capaz de competir con otros destinos nacionales e internacionales”, enfatizó.
No podemos partir sin antes degustar la sazón de este puerto. La dueña del rancho nos sirve una contundente fuente de ceviche de mero y otra de chicharrón de pescado, que nos reponen las energías después de varias horas de intenso trajín. El sabor tiene su estilo propio, muy agradable y barato, por cierto.
MUCHO ENTRENAMIENTO
Luis Manasés Saldaña advierte que para iniciarse en el kiteboarding es necesario llevar un curso con un instructor calificado, con incidencia especial en las reglas de seguridad en todos los niveles técnicos.
Los primeros ingresos al agua se hacen sin tabla hasta que el principiante domine el kite, especialmente los procedimientos de autorescate y los comandos para subirlo y bajarlo, luego de comprender la fuerza impulsora del equipo. Y unas vez que aprenda a controlarlo, ya es hora de comenzar con la tabla.
El kiteboarding es un deporte que presenta riesgos altísimos para quienes no siguen las normas de seguridad. Las causas de accidentes surgen cuando las personas intentan aprender solas o con ayuda de algún inexperto. Eso más bien, podría retrasar el aprendizaje de un mes a varios. Los requisitos para iniciarse en esta práctica son: saber nadar bien y disfrutar del agua, no es necesario ser fuerte, aunque sí tener un buen estado físico; los vientos ideales para aprender oscilan entre 8 y 18 nudos. Aprovechando la velocidad del viento se puede alcanzar un promedio de 50 a 80 kilómetros por hora, al momento que se corre con la tabla.
El kite se remonta a las antiguas poblaciones chinas e indonesias que utilizaron cometas como tracción para movilizar sus embarcaciones de pesca, hasta que en 1977, Gijsbertus Adrianus Panhuise patenta un sistema de navegación con una tabla y una especie de paracaídas. Posteriormente en los años 90 se desarrolló el primer kite, muy similar a los actuales. En ese país, este deporte es un arte y una industria, una de las mayores del mundo, que forma parte de su cultura
Este deporte está muy difundido en el mundo, pero su acceso es limitado por los costosos equipos y las características geográficas de los países; aunque el kiteboarding también es practicado en lagos, nieve y en arena con un buggy.

Los delfines de Puerto El Morro

Por: Guido Sánchez Santur
“Puerto El Morro, pueblito pesquero, tradicional por sus pescadores que se levantan muy temprano a recorrer su hermoso lugar…Son sus hombres fuertes y laboriosos, trabajadores llenos de alegría…Sus mujeres sencillas y honestas, plenas de tanta bondad…..Y su gente que viene a observar a los delfines en el mar con su diario coqueteo singular…”.
Con este saleroso y pegajoso sanjuanito que baila un grupo de niños, nos reciben (a un grupo de 53 periodistas extranjeros) calurosamente y muy emocionados los pobladores del Puerto El Morro, a hora y media al sur del cantón Guayaquil, en la provincia del Guayas (Ecuador).
Con entusiasmo nos comentan las maravillas que nos esperan más allá de tierra firme, siguiendo la ruta de los manglares. Terminado el ritual de acogida, nos muestran el centro de interpretación y nos alcanzan los chalecos salvavidas, antes de abordar las embarcaciones. Dejamos atrás el puerto y navegamos por un recodo del amplio estero y el exuberante manglar. A medida que avanzamos apreciamos la diversidad de aves marinas que revoletean en el bosque, unas más impresionantes que otras, entre las que destaca la estirada Garza Rosada. Se estima que en este lugar habitan cerca de 3 mil especies de aves; por eso, el mes de octubre arriban observadores de aves de distintos países.

De pronto, a lo lejos apreciamos que en mar se mueven unos bultos de color negro. Agudizamos la visión y el guía nos confirma que se trata de los delfines que nadan a ras del agua, luego parece una alerta y empieza el “cacerìa” de imágenes.
Salta uno por un lado, otro aparece más allá, se aproximan a los botes, pasan por debajo, zambullen, nadan de en pareja; mientras los fotógrafos disparamos sin cesar. Me da la impresión que los delfines jugaran a las escondidas con nosotros porque apenas aparecen, de inmediato se sumergen y vuelven a salir, dejando escapar si singular silbido. Así transcurrió casi una hora, persiguiéndolos con los botes con el afán de captar la mejor imagen. Con la emoción a flote por tan grata experiencia, el guía nos indica que debemos continuar la ruta, donde observamos que en la orilla unos pescadores con sus pequeños botes o caminando por la playa y entre los manglares, capturando cangrejos, conchas o almejas.

Más allá descendemos en una estrecha playa y nos adentramos al bosque por un puente construido con madera, hasta unas escaleras por las que ascendemos a un mirador que sobresale entre la copa de los árboles, desde el que admiramos la frondosidad de la vegetación y el extenso brazo del mar que se abre paso entre los manglares.
Bajamos e iniciamos el regreso en nuestra barca, bajo un radiante sol, pero refrescados por la brisa marina y las ráfagas de viento que suelta el manglar.
Ya en tierra firme, la vicepresidenta de la asociación Puerto El Morro, Luciana Anastasio Jordán, nos explica que la Ruta de los Delfines tiene un recorrido de dos horas, trayecto en que los cetáceos están distribuidos en diferentes sectores, desde la salida en el muelle artesanal, pasando por la Boca de Posara y la isla Manglecito.
Agrega que, según el último conteo realizado el año pasado, en este ecosistema habitan más de 100 delfines, de la especie conocida como Pico de Botella. La mejor hora para observarlos es en las mañanas, pero con un poco de suerte tambien en las tardes, aunque con menos posibilidades. Estos animales están dentro del estuario, un área protegida que fue declarada en setiembre del 2007.
Mientras conversamos, las cocineras nos ofrecen los exquisitos platos típicos, como la liza asada con menestras, sopa de cangrejos, ensalada de cangrejos, ensalada de conchas, entre otros que son preparados con productos pescados en los manglares.
“A través del Ecoclub Los Delfines, invitamos a las familias que vengan a conocer los exuberantes manglares, los delfines y las fragatas. Este es un pequeño poblado que los recibe con los brazos abiertos”, nos dice Anastasio Jordán, mientras nos despedimos, y caminamos entre los pescadores que cargan pesados sacos con cangrejos.
EJEMPPLO A IMITAR

Los 40 miembros de la Asociación Ecoclub Los Delfines de Puerto El Morro están abocados a ordenar la prestación del servicio con sus 15 embarcaciones, pero sin descuidar la protección de la reserva para evitar el alejamiento de las aves.
Esta actividad involucra a guías locales, operarios, motoristas, cocineras y niños que hacen representaciones teatrales. De los ingresos que se obtienen por concepto de los paseos a los turistas, los dueños de las embarcaciones hacen un aporte que es depositado en una cuenta, y cuando es necesario cubrir algún gasto de recurre a ese dinero.
Esta asociación se creó hace seis años, a iniciativa de Simeón Figueroa, quien propuso el proyecto, a su retorno de Taiwán. Su aspiración no sólo era darle un carácter turístico, sino preservar el ambiente, ya que nadie respetaba este recurso (arrojaban basura al mar, talaban el mangle, etc.). “Todo eso funcionó y ahora somos una asociación socio-ambiental”, asegura Anastasio Jordán.
Gracias a esta organización se puso en marcha un proyecto de siembra de mangles en dos hectáreas y se maneja el cangrejo con vedas dos veces al año en épocas de reproducción. Además, periódicamente organizan minkas para la limpieza del ámbito urbano y en los esteros con participación de la comunidad y en coordinación con el Ministerio del Ambiente y las autoridades de la comunidad. Los desechos se reciclan (botellas de vidrio y plástico) a fin de reaprovecharlos.
Se conoció que el año pasado este atractivo recibió alrededor de 8 mil turistas, aunque algunas épocas los días feriados llegaban hasta mil visitantes.

Talara y sus lobos enamoradizos

Por: Guido Sánchez Santur

Cuando bajamos del bus nos abriga el calor de su clima tropical y nos acoge la calidez de su gente norteña, salerosa, dicharachera y querendona. Así es Talara, una provincia que pertenece a la región Piura, al norte del Perú, y cuya población todavía no puede apartarse de su su fantasía: su pasado esplendoroso, aquellos años “cuando los “gringos” administraban las empresas de extracción y refinería de petróleo. Se trabajaba fuerte, pagaban bien y había de todo”. Esta frase melancólica la escuchamos en cada esquina.
Salgo de mi hospedaje y en una mototaxi me dirijo al puerto en busca de una lancha para hacerme a la mar en pos de los lobos marinos que tanta fama les han hecho los mismos talareños. Ellos se sienten orgullosos porque consideran tener un pedacito de Paracas, la más grande reserva que protege a esta especie marina, al sur del país.
Estoy parado frente al muelle y el panorama es sorprendente. Más de 200 lanchas grandes y pequeñas acoderadas en esta pequeña bahía. No es para menos, es feriado y los pescadores han parado las máquinas para festejar.
Mientras algunos pescadores apuran el traslado de la pescada extraída en la madrugada, otros se aprestan a sacar los motores fuera de borda para ponerlos a buen recaudo. En la orilla filetean el pescado y lo ofrecen a precios ganga o preparan su ceviche al paso. En medio de este barullo nos abrimos paso entre el griterío en busca de nuestro bote que nos adentrará en el mar. Un viejo pescador que parcha su red, con una amplia sonrisa, nos recibe un gusto accede a llevarnos. Avanzamos despacio, entre las aves marinas que revoletean. Desde que partimos nos encontramos con lobos solitarios que se aproximan a los botes en busca de alimento. Avanzamos, y en una enorme boya avistamos que descansa y toma sol un viejo lobo. Su soledad y quietud me recuerda que estos animales están camino a la extinción debido a que el ser humano los cazaba para obtener carne y aceite, pero la principal razón era la piel de las crías recién nacidas, llamadas "popos" usada en peletería (trajes confeccionados con cuero). Los pescadores hacen lo suyo, ellos los asesinan porque se comen los peces o quedan atrapados en sus redes y las destrozan.
Seguimos el trayecto y en la orilla, junto a un acantilado convertido en mirador, desde el litoral, apreciamos una manada de lobos descansando entre las rocas, entrando y saliendo del mar, disputándose las hembras o simplemente jugando entre sí.
Otros se aproximan a nuestro bote y hacen piruetas como si quisieran ofrecernos un espectáculo, demostrando sus habilidades. Más allá un macho y una hembra se persiguen, se encuentran y salen a la superficie con la trompa en alto muy juntitos. No sabía que estas especies son tan querendonas, expresivas y exhibicionistas.
Realmente es una escena espectacular. Regresamos y en otra boya encontramos una loba descansando y que se asusta con el sonido del motor. En esos momentos aparece su pareja que desde el agua merodea y observa si ella sigue allí, logrando que se lance al agua.
El guía nos dice que nos debemos temer, pues estos animales son pacíficos y que inclusive uno se puede bañar junto a ellos; aunque al verlos bostezar, su apariencia con sus filudos colmillos, nos inspiran respeto.
Existen dos tipos de lobos: chusco, sudamericano, de un pelo, león marino del sur o león marino sudamericano (otaria flavescens) y tienen hasta 300 kilos de peso (los machos adultos, el doble que las hembras), prefieren las playas arenosas para congregarse; y los finos (arctocephalus australis), de cuerpo más esbelto, que se reúnen en las roquerías y salientes inaccesibles del litoral. Ambas especies se reproducen entre noviembre y marzo, meses ideales para su observación.
Desde el mar apreciamos la chimenea en la que los trabajadores de Petroperú queman los gases excedentes de la refinería; una pequeña playa blanquecina, donde las familias acuden a broncearse y esa flota de naves pegadas a la orilla, entre las que también están los barcos que cargan el petróleo o que son utilizadas para trasladar las estructuras de las estaciones petrolíferas que están en alta mar.
Al salir a tierra firme, ingresamos al mercado que está frente al mar, donde el principal producto de comercialización es el pescado y maricos. Ahí una veintena de jóvenes, expertos con el cuchillo afilado, filetean los pescados más pequeños a fin de ofrecerlos a las “chicherías” donde los preparan como ceviche o en chicharrón. Una delicia.
Con esta imagen impregnada en mi memoria regreso, con el firme propósito de regresar a caminar los senderos a la Punta Balcones, la playa Las Capullanas (la más enigmática de Talara) y su exquisita comida, en base a pescados, por su puesto.
HISTORIA LIGADA AL PETRÓLEO
Talara está ubicada al norte de Piura, entre los cerros de Amotape y el mar. Fue creada el 16 de marzo de 1956. Se precia de poseer las playas más hermosas de la
la costa norteña como Máncora, El Ñuro, Los Organos y Cabo Blanco.
La ciudad capital es un puerto que llegó a producir más del 90 por ciento del petróleo peruano. Aquí se encuentra la refinería y las plantas de almacenamiento de crudo más importante de la costa norte, además de una numerosa flota pesquera. En la cercana localidad de Negritos se explotan varios yacimientos bajo la modalidad de contratos a terceros.
El sabio Antonio Raimondi escribió que en Amotape existe asfalto que mezclado con arena arcillosa se presenta en masas de color próximo al chocolate, con ligero bituminoso; y que al fuego se inflama y quema con llama fuliginosa.
En 1849 llegaron los primeros buscadores de petróleo que escondía la superficie árida y desértica. Así nace Talara como un campamento hasta transformarse en una gran ciudad.
A Talara se llega partiendo de Piura en ómnibus en un recorrido de 120 kilómetros. Todos sus distritos están conectados con la capital a través del servicio de combis o buses; mientras que por vía aérea, se puede llegar al aeropuerto FAP. Capitán Montes.
La provincia de Talara, cuenta varios recursos turísticos: Balneario de Máncora, Playa Cabo Blanco, Punta Balcones, Bosque Pariñas, Cerros de Amotape, Yacimiento de Fósil de Ballenas, Plataforma del Zócalo Continental, Refinería de Talara y el Centro Cívico de Talara.

Virú, rituales que perduran en el tiempo

Por: Guido Sánchez Santur

Virú es una provincia impregnada de historia, leyendas y mitos, cuya grandeza ancestral parece haberse mimetizado entre la bonanza contemporánea, en esa emergente producción agroindustrial que no sólo abre las puertas a la exportación, sino que complementa ese mosaico de atractivos históricos que encandila a los visitantes.
Junto a un grupo de jóvenes estudiantes y empresarios del turismo enrumbamos a estos lares. Nuestra primera parada fue en una imponente duna que está frente a Pur Pur, donde caminamos, corrimos y nos regocijamos con toda libertad; mientras observamos esta extensa sábana verde formada por las parcelas de espárragos, alcachofas y criaderos de ganado vacuno y ovino; y claro, no podemos dejar de sorprendernos por el imponente canal Madre que atraviesa desiertos y pétreos cerros llevando el agua que da vida a estos arenales.

Luego, continuamos hasta el campamento San José, donde 150 alumnos del colegio María Sabina Sandoval Robles del centro poblado California, ataviados a la usanza de los antiguos pobladores de estas tierras, nos esperaban listos para escenificar danzas y rituales que nos dejaron pasmados con su fuerza histórica y actoral. Realmente un recibimiento privilegiado.
Mientras la profesora Elena Altamirano de Mori relata el desarrolla de estas historias, los alumnos se desplazan y representan cada ritual, con ese ímpetu que les imprime el hecho de saberse herederos de esa gloriosa y antigua cultura Pirú o Virú.
“En los días previos a la aparición de la luna llena, el Señor Utzho Apissek, acompañado de su corte y el pueblo rinden culto a su diosa por las bendiciones recibidas y le dedican rituales y festejos en presencia del gran sacerdote”, comenta.
En esos momentos los danzantes avanzan en fila y dan inicio al ritual del agua, a la que consideran un elemento prodigioso que emana del corazón de la tierra y discurre por los caudalosos ríos. Su pureza, comparada con el resplandor de la luna, calmaba la sed del curaca y hacía germinar los campos, por eso merecía tributo.
Un grupo de mujeres vírgenes, especialmente preparadas para este acto, recoge el agua y la deposita en vasijas que luego cargan los varones y la llevan al templo, donde el sacerdote la purifica ahuyentando los malos espíritus, antes de entregarla al Gran Señor, quién la dirige al cielo y ruega a sus dioses que la dote de propiedades divinas.

Tras este ritual, de otra esquina entra al escenario otro grupo para rendirle tributo a la chicha, la bebida de los dioses que se consumía en todas las festividades de las antiguas civilizaciones. Su preparación, a base de maíz fermentado, estaba a cargo de las mujeres más experimentadas de la comarca, cuyo secreto era celosamente guardado por el catador que auscultaba cada recipiente, y la de mejor sabor se ofrecía en los festejos a sus divinidades.
Un tercer grupo de varones se desplaza abriendo surcos en la tierra, seguido de varias mujeres que, como símbolo de fertilidad, van sembrando el maíz en los hoyos; luego, viene la fase del deshierbo, el abono y la cosecha que beneficiará a los pueblos aledaños. Esta era una etapa de unión y armonía, desterrando rencillas, bajo la tutela del sacerdote que ofrendaba el pago a la tierra.
El cañán es un reptil que fue el principal alimento de los antiguos viruñeros, y que ahora va camino a la extinción, por eso le dedican un ritual. Las mujeres tejen las redes con carricillo y totora y las entregan sus maridos que salen de cacería, sorprendiendo a estos animales entre los algarrobales y arenales, mientras los machos se disputan una hembra para aparearse.
Los ejemplares machos levantan una pata para llamar a la hembra, y cuando esta se acerca paulatinamente, los cazadores los sorprenden, interrumpiendo el cortejo. A este reptil se le atribuye propiedades afrodisiacas, y es ofrecido como el mejor alimento al Señor de Virú.
Otra especie que desapareció en las costas de Virú es el venado, al que también se le rinde un ritual. Cuando los cazadores emprenden su faena hieren con su lanza a uno de estos especímenes, sentenciándolo a una muerte lenta y penosa. Previamente, las doncellas invocan a la madre luna, que proteja a sus consortes y les permita encontrar su presa porque su sangre será ofrendada a ella.
Altamirano de Mori narra cada detalle de esta historia con tal pasión que sus palabras nos remonta al pasado: “Cuenta la leyenda que hace muchos años emergieron los primeros pobladores de unas tierras llamadas Queneto, desde entonces floreció la gran cultura Virú, cuya influencia se extendió hasta lo que ahora es Ancash, en el sur; y Lambayeque, por el norte”.
Y enfatiza que ésta fue gente pacífica que no padeció el hambre. Su gobernante más destacado fue Utzho Apissek (gran conocimiento), que gobernó en el siglo 200 a.C. Tuvo poder político, militar, económico, civil y religioso, sustentados en una justa distribución de la producción.
Mientras retumba el eco de este mensaje, pasamos a degustar uno de los potajes emblemáticos de Virú: la Boda, cuya preparación data de los primeros años de la Colonia, y que complementamos con las sabrosas alcachofas, los espárragos y pimientos pikillo que nos ofrece el Proyecto Especial Chavimochic. Así, el retorno no puede ser más placentero, tras vivir una experiencia única e inolvidable.

Verdor y tradición en el corazón de Guayaquil

Por: Guido Sánchez Santur
En sí misma, la ciudad es atractiva. Llama la atención el orden del tránsito vehicular, gracias a sus pasos a desnivel, puentes y túneles, y claro, su abundante vegetación en cada espacio libre. Esto parece una filosofía no sólo de las autoridades, sino también de los ciudadanos, pues de las viviendas y locales de empresas e instituciones, cual brazos agigantados, se extienden frondosas ramas de los árboles que se cultivan en los jardines.
La maravilla es el caudaloso río Daule, sobre cuyo cauce se extiende un enorme puente que lo une con el sur del país. En una de sus orillas se impone uno de los más cercanos atractivos naturales: el Parque Histórico de Guayaquil (Ecuador), que deja extasiado a cuanto visitante se adentra entre su vegetación.
Este es un espacio de ocho hectáreas que nos transporta a la antigua provincia de Guayaquil del siglo XIX, a través de tres zonas: tradiciones, urbano arquitectónica y de vida silvestre. Está ubicado en la avenida Esmeraldas, a la altura del kilómetro 1,5 de la avenida Samborondón y forma parte de un programa cultural, medio ambiental, educativo recreativo y turístico a cargo del Banco Central del Ecuador.
Se trata de un museo de estilo de vida que recoge los procesos culturales que transitó esta región, desde la “tierra del mullu (spondylus)” hasta convertirse en la provincia del Cacao.
En la Zona de Tradiciones se expone la vida rural del agro costeño de fines del siglo XIX y comienzos del XX, rescatando las raíces históricas y las tradiciones, que están vinculadas a la agricultura y la ganadería, especialmente el cacao que trajo consigo una gran prosperidad económica a la región.
Este escenario histórico está representado por la Casa Hacienda San Juan y la Casa Campesina, incorporadas a un ambiente de plantaciones y aves de corral similar al de su entorno original. El sitio está ambientado con personajes que recrean la forma de vida montubia (etnia que se caracteriza porque sus miembros son dicharacheros con un léxico recargado de humor; sencillos, generosos y mantienen viejas costumbres, mezcladas con lo moderno).
En este espacio se reconstruyeron edificaciones que fueron muy importantes en la vida urbana de la ciudad, y cada domingo se escenifican obras teatrales que recrean las tradiciones de antaño, especialmente la rutina del hacendado y el peón de aquella época; además de preponderancia de la mujer en el hogar.
Además se cultivan huertos etnobotánicos, donde los visitantes observan una variedad de plantas nativas y endémicas de la región.
La Zona de Vida Silvestre se trata de un área boscosa que alberga especies nativas y endémicas representativas de la región costa, algunas de las cuales se encuentran en peligro de extinción, y que las podemos visitar a través de una red de puentes de madera elevados, diseñada en función de los escenarios naturales existentes.
Es un privilegio encontrar cuatro ecosistemas: Bosque seco Tropical, Bosque de Manglar, Bosque de Llanura Inundable y Bosque de Garúa, donde habitan 30 especies en exhibición y otras en estado silvestre. Esto sustenta el propósito del parque que no sólo es ofrecer entretenimiento, sino también educar a la colectividad en el conocimiento de la riqueza natural y la necesidad de preservar, a fin de que las nuevas generaciones valoren un hábitat que está muy cerca de la ciudad.
La Zona Urbano Arquitectónica acoge edificaciones, de valores histórico y arquitectónico, construidas a fines del siglo XIX y comienzos del XX, rescatadas por el Banco Central en los años 80 y posteriormente trasladadas a este parque para su restauración y reconstrucción. En este lugar se integran el Malecón 1900, la estación fluvial, el carro urbano y la presencia de personajes vestidos a la usanza de la época, con lo cual se recrea la ciudad de Guayaquil de inicios del siglo pasado.
Al terminar este recorrido nos queda la sensación de habernos adentrado en esa densa naturaleza, la historia, la cultura y las tradiciones de los guayaquileños que ellos las viven y las sienten con intensidad. Éste es un apretado mosaico que lo ofrece Ecuador a los visitantes.
CIUDAD DE CONVENCIONES
Su ubicación geográfica, el clima, sus recursos naturales y su importante cambio urbanístico han convertido a Guayaquil es una ciudad cosmopolita propicia para la organización de una serie de eventos.
A esta ciudad se le considera el puerto y puerta de entrada al Ecuador y cuenta con una moderna infraestructura gracias a las recientes inversiones empresariales (hoteles, restaurantes, transporte, auditorios, etc.), lo que le imprimen características propicias para el turismo de incentivos y de convenciones y eventos.
A través de esta ciudad se accede vía aérea al Ecuador a través del aeropuerto internacional José Joaquín de Olmedo; y vía marítima por el puerto de Guayaquil a donde han arribado numerosos cruceros; además, cuenta con un moderno terminal terrestre a donde llegan y parten buses que cubren las diferentes rutas del país.
Esta ciudad permite recoge la esencia de su gente y las costumbres recogidas de todos los emigrantes radicados acá. Esto le valió para que Guayaquil sea premiada y reconocida internacionalmente, de tal manera que en junio de 2004 varios alcaldes latinoamericanos llegaron a observar su modelo de desarrollo. Esto impulsó a la Cámara Provincial de Turismo del Guayas, desde octubre el 2003, a emprender acciones encaminadas a posicionar la imagen de la ciudad a través del Buró de Convenciones e Incentivos.
Guayaquil es capital de la provincia Guayas y tiene 2 millones 200 mil habitantes. Su puerto marítimo es el de mayor movimiento de productos no petroleros del Ecuador.
Es muy interesante visitar y apreciar el Guayaquil histórico y el barrio de Las Peñas, además el Palacio Municipal, la Torre del Reloj, el Malecón 2000 y el Estero Salado.

San Agustín, donde las leyendas cobran vida

Por: Guido Sánchez Santur

Desde la cima del cerro Huamán se domina el valle de San Agustín.

Dejamos atrás el grisáceo cielo trujillano y nos abrimos paso hacia un panorama verde, soleado y un aire fresco con sabor a libertad. Los cañaverales a los costados de la pista parecen saludarnos mientras avanzamos siguiendo la carretera de penetración a la sierra. Pasamos por Shirán, Otuzco y nos adentramos por una trocha carrozable que nos lleva a San Agustín, abrigados por un candente sol.
Estamos sobre los 3 mil metros sobre el nivel del mar. De pronto, desde un cerro avistamos unas casas aisladas y la guía Mary Lis nos advierte que ese es el caserío San Agustín. Proseguimos la marcha en la camioneta cerrada y al aproximarnos al pueblo apreciamos que una multitud de niños y adultos avanza a nuestro encuentro.
Para ellos, era todo un acontecimiento saber que por primera vez los visitaba un extranjero, nada menos que el alemán Lothar Burghardt -consejero en desarrollo de turismo en Alta Selva Negra- uno de los principales expositores en la segunda Convención Internacional: Turismo Sostenible, el Nuevo Reto del Perú, que organizaron Reptur Perú y la asociación Colibrí, la primera semana de octubre último.
La emoción nos embarga al observar que los pequeños del colegio primario No. 80948 hacen flamear banderas peruanas y alemanas, mientras escoltan a los visitantes hasta su plantel, donde los profesores y alumnos se han esmerado en preparar la escenificación de la Danza de la Siembra de la Papa, como expresión de sus arraigadas tradiciones ancestrales.
Después del recibimiento protocolar enrumbamos a la parte alta del pueblo. El entusiasta director del plantel, Luis Núñez Nacarino, nos guía al encuentro con las leyendas del pueblo. Ascendimos otros mil metros más y estamos sobre el cerro Huamán, un mirador natural desde donde se domina todo el valle productor de papa, trigo, cebada, chocho; así como ganado ovino y vacuno lechero.
Los niños viven sus tradiciones cada día.

En la cima de esta elevación geográfica nos topamos con restos arqueológicos de una ciudadela de piedra labrada, que habría tenido influencia o formado parte de los markawamachucos.
Se trata de estructuras líticas cuadradas y rectangulares distribuidas hasta en cuatro niveles. Por las características del lugar y la similitud con otros recintos pre incas, se trataría de un sitio ceremonial dedicado a los rituales; además de una fortificación militar gracias a su estratégica ubicación.
Aparte de su valor histórico, este lugar es propicio para práctica del turismo vivencial o rural, pero también de los deportes de aventura. Las formaciones rocosas naturales que se imponen entre los sembríos de papa y el ichu permiten la práctica de la escalada en roca, ciclismo de montaña, caminatas o trekking, motocross, cabalgatas, rapelismo (descenso en cuerda en superficies verticales). También vuelo en parapente o en globo
LEYENDAS VIVIENTES
Extasiados por la belleza del paisaje, a la vez que el viento acaricia nuestros rostros y el radiante sol penetra hasta nuestros huesos, apuramos la respiración para llenar los pulmones con oxigeno. Estos momentos aprovecha el profesor Núñez Nacarino para narrarnos algunas leyendas que le enseñaron los lugareños.
“Estas dos peñas están separadas en una distancia de dos metros y es posible cruzarlas improvisando un puente, pero cuando estamos al otro lado ya no se puede retornar porque se distancian paulatinamente hasta hacer caer a las personas a la profundidad, en cuyo fondo dicen que hay una laguna. Y eso parece ser cierto, porque alrededor del cerro nacen manantiales”, refiere.
Al escucharlo se me eriza el cuerpo porque estoy parado casi al filo de esas pronunciadas grietas y el viento sopla más fuerte, como confabulándose con el narrador, quien prosigue con sus relatos.
“Al frente de la peña Huamán está el cerro Lluque, donde sobresale una roca que tiene una abertura parecida a una puerta, cuya abertura está marcada. En época de invierno la espesa neblina lo cubre totalmente y las pastoras que se acercan demasiado ven al interior una ciudad preciosa con lagos, casas relucientes y coloridos jardines que las tienta a ingresar y caminar como hipnotizadas entre la gente que la habita; cuando se dan cuenta y quieren regresar no encuentran la salida. Los moradores comentan que varias mujeres han desaparecido aquí”, añade.
De esto da fe el poblador Honorio Bacilio Roldán, quien asegura que él estuvo a punto de ser víctima de este encanto. Y agrega que en el cerro Cungayo hay una roca que tiene un pozo (Pila Milagrosa), de donde los agricultores, en tiempo de sequía, recogen agua con su sombrero y la esparcen en el espacio, imitando a sus antepasados; a tres o cuatro días después de este ritual llueve a cántaros.
“No sé si fue coincidencia, pero hace cinco años dos padres de familia me dijeron que iban a ese lugar y me advirtieron que la semana siguiente llovería. A su regreso les pregunté qué hicieron y me contaron lo mismo. Para mi sorpresa, la lluvia cayó en los días sucesivos y los campos reverdecieron nuevamente”, comenta Núñez Nacarino.
Después de degustar un exquisito cuy guisado con trigo sancochado, emprendimos el regreso. Hasta hoy retumban en mi memoria las imágenes de esos míticos relatos, cuyos escenarios caminé.

Las rocas separadas que abrigan una vieja leyenda de desapariciones.

Comunidad apuesta por el turismo
La población está entusiasmada con la idea de aprovechar sus recursos arqueológicos y naturales para promover el turismo hacia su comunidad.
Esto los motivó a apostar por el turismo rural y vivencial en el que intentan adentrarse de a pocos, en cuya iniciativa esperan contar con el apoyo de las autoridades provinciales y regionales.
Uno de los primeros pasos que darán en pos de este objetivo es la construcción de un local comunal donde haya habitaciones, servicios higiénicos y duchas con agua caliente para hospedar a los visitantes.
Esta idea ya recibió el espaldarazo de la educadora y experta en turismo, Nuria Jiménez Ramírez, quien les prometió amoblar y acondicionar el hospedaje, además de contribuir a la canalización de más recursos económicos.
“Estamos dispuestos a hacer todo lo que sea necesario para darle a nuestra comunidad las condiciones necesarias que permitan atraer turistas”, aseveró el agente municipal de San Agustín, Agapito Agustín Gómez.
Al conocer esta iniciativa, el alemán Lothar Burghardt, destacó las condiciones naturales con que cuenta este lugar para la práctica del turismo vivencial. Y aseguró que cualquier extranjero podría elegir este lugar para pasar una temporada si encuentra los servicios necesarios. No descartó la posibilidad de volver a esta localidad en un próximo viaje que haga al Perú.
San Agustín tiene una población aproximada de mil 500 moradores dedicados a la agricultura y a la ganadería. Sus mujeres conservan costumbres ancestrales, especialmente el tejido en telares, utilizando lana de ovejas